ÓRGANOS DEL ESTADO

ÓRGANOS DEL ESTADO

1991

ROCK AND ROLL

La chica es de un país desconocido y está tumbada en la cama. El chico había dejado de preguntarse en qué idioma hablaba ella en el mismo momento en que se corrió.

La partida se había jugado en tierra de nadie, porque ninguno de los dos estaba en su terreno. Así que, en definitiva, estaba claro que ella tampoco comprendía ni media palabra de lo que él decía.

El chico, desnudo y sentado en el borde de la cama, sonríe creyendo que no exterioriza sus sentimientos porque ha tomado una cantidad de MDMA bastante considerable y piensa en dos cosas extraordinarias. Es entonces cuando se da cuenta de que efectivamente son ideas extraordinarias y decide apuntarlas. Mientras trata de recordar dónde tendrá la chaqueta con su cuaderno, una de las ideas se le escapa y el chico no es capaz de recuperarla. Jamás la sabremos. Al girarse, pierde su otra idea, distraído al ver que la chica se agita muy colocada, restregándose perezosa contra el colchón. A la chica se le ve la rajita porque está bocabajo y se aprieta muy despacio, como si palpitara.

El chico se tuesta de un modo placentero, una “F” de felicidad gigante irradia sobre él como un sol de chocolate.

Do you speak english?  El chico se ríe.

La chica gira la cabeza sin cambiar de posición y él piensa que no recuerda su cara a la perfección. Una luz tenue pero recta entra por las rendijas de la persiana y el chico piensa sobre la manera en la que el sol ilumina los interiores de los aviones cuando pasan entre los bancos de nubes. En lo diferente que es que los haces de luz se queden quietos como en las habitaciones o que se muevan a cámara rápida como en los medios de transporte.

Ey, Where are you from? El chico se vuelve a reír.

La chica, que es rubia, blanca y un poco lánguida, se incorpora y le mira. Tiene unos ojos claros y cristalinos que reflejan una droga estupenda.

El chico la mira y, creyéndose otra vez que no exterioriza, da un cabezazo muy pequeño al viento para apartarse el pelo de los ojos. Es entonces cuando se golpea contra una nube.

No me entiendes.

La chica dice algo ininteligible, la situación no es como una historia de indios y vaqueros, la chica, en su código, viene a decir algo así como “No, no te entiendo, ni tú a mí”, tiene pinta de ser Nórdica. El chico es incapaz de determinarlo con el colocón que lleva. No es que la chica suelte alaridos ni gesticule como un salvaje. La tía está bien como está.

Ey, tú  no me entiendes y yo llevo un pedo tremendo…que situación, ¿no?  Y se ríe de nuevo.

El chico por esa época se reía todo el tiempo. Se reía hasta de su sombra.

A la derecha, apoyada junto a la ventana, puede ver una guitarra azul típica de chica, una guitarra de esas que parecen hechas para una cantante de country de un remake cinematográfico actual. Una guitarra que parece que nunca se toca, pero que suena muy bien si la coges. Una guitarra para muñecas de porcelana.

¿Tocas la guitarra? Do you play guitar?

La chica se levanta muy colocada. Desnuda se dirige hacia la puerta y sale de la habitación dejando entrever un salón enorme que el chico ya había transitado cuando entró en la casa, pero que su mente había borrado por diversos motivos. Especialmente por los dos siguientes:

a) Estaba demasiado preocupado por masturbar y chuparle la oreja a la chica desde que entraron en el metro

y

b)El salón tenía un aspecto familiar y seguramente la chica ya le había parecido joven cuando empezó a enrollarse con ella  en la discoteca.

En definitiva, no recordaba el salón porque no quería meterse en líos y la cría se la había puesto dura.

El chico se ríe interiormente creyendo que exterioriza, su mirada permanece enfocada hacia la sala  en penumbra hasta que escuchamos un click en la lejanía y la luz se enciende dejando entrever un órgano en el centro y un par de fotografías encima. Exacto: fotografías de papás y de mamás, fotografías de tíos, familia, abuelos vivos… fotografías que las madres ponen encima de los pianos, órganos y teclados, Dios sabe por que motivo.

El chico se vuelve a golpear contra la misma nube, esta vez más fuerte y escucha a lo lejos el levantamiento de una tapa del váter y el ruido de una mujer meando. El chico piensa que el sonido de una mujer meando es tan radicalmente diferente al de un hombre, que eso tiene que significar algo muy importante.

El chico habla muy alto, aunque no llega a gritar. El MDMA le mantiene en un equilibrio perfecto. Quiere decírselo a ella, pero también quiere escucharlo él para divertirse:

Supongo que no va a ser posible tener la típica conversación sobre Snacks de la infancia mientras nos fumamos un porro…

La única respuesta es el sonido de la tapa metálica del soporte de papel higiénico. El chico piensa que ese sonido siempre parece grabado, que siempre suena igual, que lo reconocería en cualquier situación. Al momento piensa que no es tan característico en realidad, que se puede confundir con otros. Que no lo reconocería jamás.

El chico consigue ponerse su pantalón rojo sin los calzoncillos que no sabrá donde ha puesto hasta mucho después y, mientras se abrocha el botón, recuerda que todavía le queda un poco de M en el bolsillo. Preferiría un cigarro  pero, como no quedan, escoge la inteligente opción de chupar con el dedo la droga sobrante y de lamer el círculo de plástico blanco que la contiene.

Ey! Eres muy joven, no?

Otra vez contesta el silencio, el chico empieza a pensar sobre las esperas, piensa que, como es pobre, debe de esperar, y piensa que esa casa parece muy burguesa, que quizás los padres de la extranjera nunca esperen por ninguna cosa.

La acidez en la lengua sin un líquido a mano le resulta insoportable durante un instante, así que se incorpora con su pantalón puesto y sale al salón familiar, donde hay muchos muebles caros de gente que nunca espera y un órgano impresionante de madera rubia, blanco, negro y brillante, que imanta su mirada.

La Real Academia de la Lengua Española dice lo siguiente sobre los órganos:

órgano.

(Del lat. orgănum, y este del gr. ὄργανον).

1. m. Instrumento musical de viento, compuesto de muchos tubos donde se produce el sonido, unos fuelles que impulsan el aire, un teclado y varios registros ordenados para modificar el timbre de las voces.

2. m. Cierto aparato antiguo de refrigeración.

3. m. Cada una de las partes del cuerpo animal o vegetal que ejercen una función.

4. m. Publicación periódica que expresa la posición y directrices ideológicas de un partido u organización.

5. m. Medio o conducto que pone en comunicación dos cosas.

6. m. Persona o cosa que sirve para la ejecución de un acto o un designio.

7. m. Der. Persona o conjunto de personas que actúan en representación de una organización o persona jurídica en un ámbito de competencia determinado.

8. m. Méx. Nombre genérico de varias especies de cactos altos y rectos.

 Y el chico opinaba que Rock and roll.

Ey, ¿puedo probar el órgano?

2011

La sensación de ir contra la nube

El chico de antes es ahora un señor, porque si en 1991 tenía 31 años, ahora en el 2011 tiene 51.

Está sentado en un asiento individual de la cabina de un vuelo en Business hacia otro lugar. Ya no le importan los efectos de las luces en las paredes de la cabina. Ahora piensa que el único que realmente vuela en el avión es el capitán, que los demás somos solamente carga. Él incluido.

El señor repasa mentalmente un discurso que tiene ensayado.

El señor, que se llama Jose María, fue un chico que sus padres tuvieron para hacer dinero. Urdieron un plan. Lo tendrían, lo alimentarían, lo cuidarían y lo someterían desde niño a sesiones de fotografía. Ambos eran guapos y emprendedores y tenían ideas de lo más alocadas, Habían sido hippies y se tomaban muy en serio sus ambiciones artísticas. Él era pintor de poca monta y ella actriz de relativo éxito en ámbitos más bien independientes. Se conocieron, lo pensaron y tuvieron un niño al que cuidaron sin amor, presentándolo a todas las sesiones de fotos que conocían. Sesiones muy bien remuneradas que les permitieron vivir del cuento hasta que el niño cumplió los dieciocho años y, sin que nadie se lo esperara, se dedicara a escribir.

Ya adolescente, el muchacho supo aprovecharse de su imagen de chico díscolo y de la relativa fama de su madre en el underground de su ciudad para publicar un librito muy polémico que le permitió rodar por una treintena bastante desastrosa, una cuarentena muy productiva y estos tres últimos años de madura acidez.

Jose María se dirige a presentar su libro en una Universidad y es el día internacional contra el SIDA. Mueve los labios. Dice frases ingeniosas sobre la enfermedad, frases médicas, frases comprometidas y frases alarmantes. Jose María es muy inteligente pero es asqueroso cuando hace estas cosas.

“En el contexto de otros países el SIDA es una enfermedad cotidiana cuya cercanía prepara a las víctimas para su propio e inevitable final.”

“¡Anímense! Ustedes no tienen SIDA… o al menos no lo saben.” Y finge una risita.

“El SIDA no existe, lo causan los propios retrovirales.”

Jose María, con la cabeza ladeada, tiene un flashback de su imagen reflejada en un escaparate, humeando. Puede verse más joven, más alto y más flaco.  Recuerda la imagen como algo ajeno, duda de si se trata de su imaginación o de si aquello sucedió de verdad. Estira un brazo y tira de la persiana de la ventanilla para abrirla.

La persiana se enrolla y le deja ver el paisaje. El avión se dirige hacia una nube. Entonces, entre la niebla blanca, surcando el cielo, a plena luz del día, al escritor le parece ver una mancha negra en el paisaje gaseoso, quizás un pájaro, ¿Qué otra cosa podría ser?

A 32.000 pies de altura, entre las nubes, a Jose María le parece ahora que la mancha no es un pájaro sino un murciélago, siente un dolor agudo en su brazo izquierdo y sufre un infarto.

1996

Radar averiado.

Jose María está tumbado en la cama de su apartamento con una chica a su lado, la chica tiene un reguero de sangre muy fino que establece un puente entre su nariz y su labio parecido a un labio leporino. La chica es oriental y es muy difícil, mirándola, saber qué es lo que está pensando, sintiendo o deseando.

La mirada de Jose María no parece perdida. Detenida en algún punto del techo, parece más bien un cuchillo que un trozo de carne. En la mesilla de noche hay cocaína sobre una cartera de piel bastante deportiva, un billete enrollado y el carnet de identidad de un tipo sin identidad.

La joven, sin mirar al escritor, dice: a mi me gusta esto, me gusta como eres…lobito.

Y Jose María piensa en como las chicas jóvenes asumen a los hombres mayores como inamovibles e inmutables. En como ellas pueden adaptarse a su mundo, a su figura, a su polla y a la imagen que él ofrece de si mismo incluso más que él mismo.

No me llames lobito, así me llamaba mi ex.

1998

El código.

Jose María está comiendo unos pepinillos mientras ve un partido de fútbol. Su novia, que es una chica veintiún años más joven que él, tiene los exámenes finales y ha decidido quedarse en su casa a escribir.

El escritor está viendo el partido.

Al tercer pepinillo, el sabor le resulta tan grato que decide coger el bote de cristal para mirar la marca. El envase, comprado en un establecimiento de alimentación de los chinos, está escrito en Rumano. El escritor no sabe cómo ni por qué, pero al ver aquellos caracteres, repasa mentalmente la última ocasión en la que tuvo sexo con su novia. Rememora con todo detalle la manera en que la había golpeado, la manera en la que le tiraba del pelo y especialmente el modo en el que la había asfixiado con su polla, agarrándole la nariz para que no pudiera respirar. Lo más predominante en su pensamiento era una imagen concreta del momento en el que pudo ver como, en la comisura del ojo de ella, tumbada boca arriba y con el pene del escritor en la garganta, asomaba una lágrima que luego se deslizó por su mejilla inmaculada hasta la comisura de su labio. De comisura en comisura.

Aquello no le excitó en absoluto, le puso triste. En ese momento, escuchó un golpe seco contra un objeto metálico y, al girarse, vio que la lámpara basculaba encendida. Al bajar la mirada encontró un pájaro negro en el medio y medio de la alfombra.

Se levantó para asistir al animal, aunque la absoluta falta de movimiento implicaba unas consecuencias fatales.

Cuando Jose María se agachó para coger al pájaro, se detuvo. No era un pájaro sino un murciélago con el radar averiado.

1991

El hombre que desprendía humo.

La chica sigue en el baño. Y el chico sigue frente al órgano doméstico en medio de aquel salón demasiado familiar.

Osado e inconsciente gracias al M, Jose María pulsa el interruptor de encendido que es nacarado y se enciende a través de una bombilla interior. La necesidad de fumar también se enciende durante un momento.  Al chico no se le viene a los dedos nada más que CROWDS de BAUHAUS y cuando llega la parte alta de la canción, exactamente un minuto y cuatro segundos después de comenzar a tocarla, Jose María se detiene y se ríe. Se pone cachondo de nuevo, va al cuarto de baño para besar a la chica y se la encuentra muerta en la taza del váter, desnuda y transparente. Profanada en su juventud.

La chica tenía 16 años, se llamaba Adreea con dos “e’s” porque era rumana y el chico no pudo hacer nada más ese día que coger su camiseta, echar una ojeada para ver que no se le olvidaba nada, encontrar por fin sus calzoncillos, apagar el teclado y marcharse de vuelta a su país con un veneno negro como el petróleo en su corazón para el que no había antídoto posible.

Bien pensado, el chico hizo bastante con lo que hizo.

Al salir en camiseta a la calle, frente a la puerta de la casa de a la chica, pudo verse reflejado en el escaparate de una tienda de vehículos. El frío cortaba y su cuerpo ardía. Se quedó contemplando los movimientos sinuosos del vaho que emanaba desde su cabeza, reflejado en aquel cristal, bajo la luz de una farola.

2011

Nuevo en Marte.

Con los ojos cerrados, el escritor ya puede hacerse un somero plano de la situación,

 A través del oído izquierdo:                        A través del derecho:               

-Un bip constante, diferente en          - Una televisión a lo lejos

su naturaleza al bip telefónico:           – Un sonido constante de ambiente:

-Un monitor cardíaco.                       – Un climatizador

El olor está absolutamente fuera del ámbito de lo cotidiano. Huele parecido al aguacate. No encuentra otro referente. Jose María siente cada vez más estímulos ajenos y piensa que el verdadero significado de la palabra siniestro no es más que “fuera de la casa”. El sabor que hay en su boca es siniestro en estos momentos.

Con los ojos todavía cerrados, Jose María se detiene a estudiar la percepción de su cuerpo y nota un picor y un intruso en su brazo izquierdo, una vía intravenosa.

Al abrir los ojos, fatigado y aturdido, no logra sorprenderse y piensa que hace mucho que perdió ese poder. Piensa que sin miedo ya no hay sorpresa.

La habitación no encajaba, al principio supuso que como estaba aturdido no podía aprehender aquel lugar por entero, pero en pocos segundos concluyó que detrás de aquella cortina, detrás de su bata, de su monitor y de su catéter, había algo que se le escapaba. Algo escondido.

Levantando la mirada pudo vislumbrar la televisión que le resultaba ahora ajena por completo. Los platós, el estilismo y la calidad del vídeo se hallaban totalmente fuera de su realidad. Una emisión marciana.

Según miraba aquellas imágenes en la pantalla, comprendió que era un programa de crónica rosa, un programa que jamás había visto, donde se presentaban imágenes de gente que no conocía en absoluto. Un programa de celebridades sin celebridades.

Era nuevo en Marte.

Cuando por fin la parte de su cerebro que regula el oído decide activarse, encuentra el lenguaje familiar. Incluso lo encuentra cotidiano.

La melodía de aquel acento empieza a parecerle ahora cercana. Se trata de la música que murmura en cada pequeño silencio, del eco que rellena cada hueco en su cabeza, del negro que contrasta todos sus blancos.

En la televisión hablan en Rumano.

2000

El regalo.

Las pupilas de Jose María reflejan unos puntitos brillantes y amarillos. Desde el interior de sus ojos, unos nervios oculares desenfocan toda la visión periférica confundidos por la velocidad, los cambios lumínicos y la temperatura. El escritor simplemente apaga unas velas.

Cuarenta.

Al alejarse de la tarta puede ver como una cortina de humo proveniente del pastel le separa de una chica oriental mucho más joven que él. La chica es Yoko, una estudiante suya en la Universidad de Japón, país en el que ambos residen ahora, que viste de Kling porque le encanta el moderneo español y que se interesa mucho por la literatura.

Jose María se ríe, esnifa una de las dos rayas de coca que hay junto a la tarta y le acerca un canuto metálico a Yoko.

Ella se ríe también y se acerca para besarle. Ambos se muerden con pasión y ella esnifa muy rápido para sorberse luego la nariz tapando el orificio con sus uñas pintadas de verde oscuro y acompañando el gesto de un movimiento brusco hacia atrás.

Luego se queda mirando al escritor tiernamente durante un primer momento y cortantemente durante un segundo después.

Ahora voy a darte tu otro regalo.

¿Qué es?

La chica se desabrocha el vestido de Kling, muy fácil de quitar y, como no lleva nada por debajo, se queda completamente desnuda. Su cuerpo es muchas cosas, pero sobre todo es muy joven. Todos los cortes que se vislumbran bajo sus pechos y todos los cardenales que la adornan, incluso su pezón desdibujado por un mordisco, no pueden arrebatarle la juventud.

Desnuda y de pie detrás de una botella de vino, estira un brazo tras la silla y muestra un bate de Baseball con un lazo rosa alrededor.

1977

Mi Némesis.

Comienza el Verano más asfixiante de los setenta en el Norte y ha llegado por sorpresa. Jose María y Javi Gómez están saltando la valla de una piscina. Ambos tienen dieciséis años, van a la misma clase y son enemigos desde que se conocieron. Javi se ha pasado todo el Invierno humillando a Jose María por culpa de las  fotos de una campaña de pijamas que había protagonizado y con las que sus padres se habían comprado una autocaravana de lujo.

El destino ha querido que todas las familias decidieran marcharse la primera quincena de de Junio llevándose a todos los niños de la ciudad y dejando a cada uno de estos dos muchachos con su némesis como única compañía.

Por culpa de un problema técnico, la piscina todavía está vacía y está prohibido el paso. Javi acostumbra a entrar en los sitios prohibidos, pero Jose María todavía no ha adquirido ese hábito que luego le perseguiría toda su vida.

Jose María mira al abismo fascinado. Es la primera vez que ve una piscina Olímpica vacía.

Javi salta al interior en la parte baja, en la zona que no cubre.

¡Baja! ¿No ves que no pasa nada? No seas gallina!

Jose María salta casi en la zona que más cubre, es tardío pero aprende mucho más rápido que Javi. Sus rodillas, no obstante, se resienten.

¿Qué es lo que me tenías que enseñar?

Javi empieza a correr hacia la parte más profunda de la piscina donde reina el muro coronado por el trampolín y Jose María le sigue confundido por los rebotes del eco eterno que se producen allí abajo.

Al correr, observa una serie de extraños movimientos rápidos desde el centro de la piscina, donde se acumula el poco agua de la lluvia que queda, junto con las hojas, las ramas y las flores podridas que reflejan la muerte de todas las estaciones y la resurrección del Verano.

Javi le tira un rastrillo que los jardineros o limpiadores apoyan en aquella esquina junto con el resto del material de limpieza.

Haz lo que yo!

Javi comienza a hacer contundentes movimientos rascando las teselas azules del fondo de la piscina con el rastrillo, como si barriera un jardín Zen.

Jose María al principio no entiende muy bien lo que tiene que hacer, pero al acercarse a su  compañero comprende que lo que había visto en el suelo mientras corría, eran decenas de Salmandras que se habían fabricado un tranquilo ecosistema allí abajo, con la cantidad justa de agua en el centro de la piscina.

Inconsciente, el futuro escritor comienza a hacer lo mismo que su compañero.

Ponlas aquí con las demás.

Eventualmente Jose María también arrastra algún lagarto normal, todos estos animales, a esta hora del día, sufren una bajada de temperatura porque el Sol no incide en el paraíso que se han creado y están como atontados.

Los niños no tardan en juntar una cantidad asombrosa de reptiles, una masa amarilla de salamandras, con algunas colas verdes, alguna rana y algún sapo, mareados y confundidos los unos sobre los otros.

Javi les mantiene a raya moviendo el rastrillo como si estuviera dorando la puntilla de un huevo frito en una sartén.

2004

De buen humor. Una perla y un rubí.

Jose María está otra vez en la casa de la chica rumana que murió de sobredosis en aquel baño. En aquel mismo momento. Está allí de verdad, ha vuelto. Está frente al órgano, y está hablando muy bajo, creyendo que no exterioriza, creyendo que no habla. Pero sí que habla.

Ahora estoy frente al órgano. Me apetece fumar, me apetece tocar.

Alguien le contesta. La chica le habla desde el baño, le habla en español. Le habla con una voz tan clara que parece radiada. Le habla tan cerca que parece que esté posada en su hombro.

¿Qué me vas a tocar?

Voy a tocar una canción de gente mayor. Jose María se extraña porque el MDMA ha cambiado totalmente su sentido y ya no siente la euforia…alguien se la ha robado con un guante blanco. Alguien se ha bebido su sangre.

Jose María pulsa las teclas del órgano. Aprieta hasta el fondo, la luz amarilla del interruptor está encendida, pero aquello no suena y poco a poco repara en que el sonido es nulo en toda la estancia, el ambiente también ha sido robado, alguien lo ha cogido para ponerlo en otro lugar.

No funciona.

Jose María se levanta y se dirige al baño. No hay misterio. Entra sin más y allí está ella, viva y coleando, con sus ojos de cristal. Reflejándole, con un ojo morado y un diente partido. Tan bella y tan corrompida, tan feliz y tan satisfecha.

El escritor se acerca, la besa en la boca que le sabe a pólvora y le propina una bofetada tan fuerte que la chica se cae de la taza del váter.

La chica levanta la cabeza con la cara enmascarada por la cortina de su pelo rubio. Se apoya sobre sus brazos y derrama un hilo de sangre y un diente roto, como un rubí y una perla.

Sin que él pueda verle la cara, la chica habla con una voz que viene de otro sitio, una voz diferente y masculina que sale de ella, del diente, de la sangre y de todas las partes en aquel lugar revisitado.

Cuando termine de contar hasta tres, usted despertará en el consultorio del Doctor Zubizarreta, olvidará todo lo que acaba de ver, sentido y escuchado aquí y se encontrará tranquilo y de buen humor.

2003

¿Más fuerte, David Foster Wallace?

En un piso de estudiantes, en una habitación muy grande con una foto de Foster Wallace ampliada sobre el cabecero de la cama y un Mac blanco sobre el que casi no se pueden ver los restos de la coca, Jose María está penetrando analmente a una chica Rusa de diecisiete años. Una chica preciosa. Realmente preciosa.

La chica había venido calentándolo desde hacía dos meses en la Universidad. Tenía dieciséis, le habían adelantado dos años el examen de ingreso a la carrera por ser superdotada y estaba pasando por una etapa de rebeldía con un pie en la madurez acelerada y otro en la edad del pavo retrasada.

En el club no había parado de hablar del Prozac y del éxtasis, de Wallace, de Gainsbourg y de una amalgama de malditismo perfecta para la líbido del profesor.

Mientras la penetraba le dio un fuerte cachete en el culo que le dejó perfectamente definida  la marca roja de la mano, la chica dio un grito sordo, como una jugadora de tenis.

Jose María no tuvo que preguntar nada. Se tomó aquello como un “sí quiero” y golpeó de nuevo en la otra nalga, esta vez sin control. Mucho más duro. La chica gritó más fuerte, más agudo y más infantil.

Jose María sacó su pene del recto de la niña, la cogió, la empujó sobre el cabecero de la cama, le tapó la nariz y la clavó como un trofeo contra la pared. Sin mirarla siquiera, se folló su cabeza con los ojos puestos en la cara de Wallace.

Sabiendo que exteriorizaba, dijo en alto: David…¿quieres que lo hagamos más fuerte?

Apretó la nariz de la chica y se movió intensamente. Seguía sin mirarla siquiera. Eso lo estropearía todo.

Se corrió, la chica casi no se movía, pero Jose María controlaba perfectamente este punto, lo había hecho cientos de veces. Notaba la vibración de la mandíbula en sus testículos.

Saciado por completo, sacó el pene de la cabeza de la chica, seguido de una catarata de saliva, semen y silencio.

Ella se agarró el cuello, no podía ni hablar… saltó de la cama y se arrastró hacia la puerta sin poder ponerse en pie.

Jose María se levantó corriendo todavía erecto y se interpuso entre ella y la salida.

La chica le golpeó, le escupió y, con sus últimas energías, agarró sus pelotas y tiró tan fuerte que se las arrancó.

1991

Cruzar el fuego.

Mi padre dice que las salamandras puede cruzar el fuego, pero eso es mentira…¿ves lo tontas que son?

Cuanto más removía toda aquella pagoda de sapos y culebras, más atontados estaban los bichos.

Hubo un momento en que aquello se estabilizó, los reptiles estaban realmente confundidos. Una centena de salamandras que nunca cruzarían el fuego.

Javi miró a Jose María como un adulto euforizado, ofreciendo esa sensación tan siniestra que dan los niños cuando se comportan como hombres.

Ahora hay que saltar.

¿Cómo?

¡Salta!

Jose María le siguió, ambos empezaron a brincar sobre aquellos anfibios y reptiles. La sensación no se parecía a nada que el futuro escritor hubiese sentido antes. Cuanto más saltaban, más sangre y pequeñas vísceras afloraban y cuantas más afloraban, más gritaban los muchachos.

Ambos gritaban como lobos, y cuanto más aullaban, más fuerte les contestaba el eco.

El sonido se acumuló hasta tal punto que cuando se pararon, cuando dejaron de saltar, la cola de gritos atávicos continuó un minuto más y luego se detuvo en un fundido tan eterno que Jose María se sintió mucho más mayor cuando el eco desapareció por completo.

Cuando se posó en el suelo, Jose María tenía una pequeña sombra de barba y aceptó su primer pitillo de la mano de Javi.

Mira a tus pies…

Las cabronas se siguen moviendo.

Se mueven mucho más rato. Ven, vamos a mirar.

Los chicos se sentaron frente a aquella carnicería palpitante asombrados y deleitados. Fumaron el cigarro entero, y al rato, otro a medias.

Las alimañas que todavía les rondaban alrededor, los sapos y las ranas, huían nerviosas hacia los bordes de la piscina. Hacia las sombras.

Déjame el cigarro… ¡mira esa cola! Se mueven casi media hora después de muertas. Incluso sin cabeza se mueven mucho tiempo.

Jose María notó un pinchazo de tristeza en el brazo izquierdo. Una cosa que nunca antes había sentido.

Me siento raro.

Y tuvo que aguantar las lágrimas.

Mira… esas pequeñas serpientes de cabeza triangular son malas. Son el demonio. Esas deben morir más que ninguna otra. Las que tienen la cabeza así, son víboras. Tienen veneno. Muerden a las personas, a los perros y a los ratones.

Hasta los nazis tenían sus reglas y Javi se levantó, se dirigió hacia la pequeña víbora y la pisó sin pensarlo.

Y ahora mira:

Javi agarró una rana que corría hacia el borde de la piscina, lo hizo muy rápido, negándole el sol con la bóveda de su mano e inmovilizándola contra el suelo azul, empujando su cuerpo por debajo con el pulgar y envolviéndola con los demás dedos.

2003

Pensar, al fin.

En el hospital, mientras le operaban los testículos, en los paraísos artificiales de la hermana anestesia, Jose María pudo pensar por fin. No había tenido tiempo para hacerlo en los últimos diez años y se dio cuenta en la camilla mientras se quedaba dormido.

Os parecerá una tontería pero pensó que seguramente la culpa de todo aquello que le estaba pasando era de aquella chica Rumana… Jose María era muy listo pero nunca le había dado tantas vueltas al tema. A la gente lista le resulta muy fácil esconder razones en los recovecos de su cráneo.

Al final, todo el asunto de la menor quedó bastante bien tapado y Jose María solamente tuvo que dejar la Universidad y trasladarse a otra en Japón.

Allí se estableció en un centro y en un entorno laboral muy diferente al que había conocido hasta ese momento. Volvió a escribir, sus huevos volvieron a estar en su sitio y funcionando y, para seguir con una vida sexual satisfactoria después del incidente, se implantó una bomba de aire para empalmarse en el momento en que le apeteciera.

Al final Jose María ya no tenía que esperar, las cosas sucedían cuando él quería.

El escritor es tardío pero aprende rápido, así que enseguida se sometió a terapia para quitarse el problema de la chica rumana de en medio. Sus nuevos y flamantes psicoterapeutas, amigos y residentes en su nueva y flamante universidad, no consideraron que fuera un problema que un escritor genial, maldito y cool, tuviera una pequeña debilidad por golpear, asfixiar y hacerle cortes en los pechos a menores. Así que su terapia no se centró demasiado en cambiar esos aspectos.

Jose María hizo una terapia artística, de desarrollo personal, que en ningún modo era una cura. Psicoanálisis, hipnosis, investigación…  y su círculo nunca le censuró nada de su vida privada.

Muy al contrario, las jovencitas siguieron cayendo en sus brazos porque querían y no porque él forzara la situación. Siempre había sido así, y las chicas japonesas lo encontraban además, exótico y fuera de lo común.

2008

La casa del órgano y los fantasmas  III

Jose María está de nuevo en el baño de aquella casa familiar, la casa del órgano. La casa de los fantasmas.

Esta vez no ha habido suerte y la chica está muerta. La chica está tan muerta como la primera vez  que Jose María estuvo allí y el escritor, como algunos tipos de asesino en serie, ya no teme la ausencia del reflejo en su  mirada. Ha estado en la casa tantas veces últimamente, que ya no tiene miedo de ese cadáver y lo mira curioso.

Por primera vez escucha un sonido que interrumpe aquel espacio recurrente en el que existen las formas, lo olores y los sabores, pero no los sonidos.

El ruido proviene del techo, donde un murciélago muy pequeño se golpea contra la bombilla una y otra vez, como un mosquito.

Cuando baja de nuevo la mirada, la chica tiene las pupilas clavadas en sus ojos.

Lobito, el diablo no va a mandarte palomas.

 2011

Mucha suerte.

En el hospital Rumano, un doctor muy serio y elegante le explica a Jose María en inglés que han detenido el avión allí mismo porque de lo contrario, el escritor, no habría llegado vivo a su destino.

Le explica que ha tenido mucha suerte y se echa flores indirectamente.

El hombre de la embajada que se le había presentado hacía un rato y que sudaba exageradamente por las entradas de su frente como si siempre estuviera nervioso, ya le había explicado antes la situación y Jose María insiste en volver cuanto antes a casa.

Cuando el médico se marcha, el hombre de la embajada, que parece homosexual, le dice a Jose María que ha leído uno de sus libros y el autor tiene la sensación de que acaba de hojearlo en internet antes de hablar con él.

Jose María tiene que quedarse dos días en observación, el infarto es grave. Asistido se siente bien pero cuando se incorpora y a lo largo de la primera noche, puede comprobar que está mucho más jodido de lo que pensaba.

Al día siguiente, su mujer, de 27 años y su hijo de 7, se desplazan a verle.

Para su hijo, la imagen de su padre, asistido con oxígeno y una cicatriz en la ingle, cerca de las otras cicatrices alrededor del pene que nunca le mostraba, fue demasiado en aquel momento y rompió a llorar en silencio.

Jose María le hizo chistes.

Aquí donde me ves, ¡todavía puedo darle un viaje a tu madre!

Y su madre rompió a llorar también.

Jose María los abrazó y se sintió un poco mejor. Experimentó un amor que nunca antes había sentido y llegó incluso a pensar que sus dos intervenciones hospitalarias marcaban los cambios más positivos de su vida y de su carrera.

Pensó que los amaba, que había cambiado y que se recuperaría.

2009

Ella nunca lo reprobaría.

Jose María veía a esta otra alumna en clase todos los días, mareándole y confundiéndole. Era la misma situación exacta que le había traído la perdición y le había llevado a Japón hacía unos años. La cría no paraba de decir cosas para provocarle, para que se la follara, para que le pegara. Pero ahora él estaba preparado y advertido, sabía que en España no podría volver hacer lo que hacía en Japón. Que no podría llevar el juego hasta el final, así que mantenía un nivel mínimo de atención con la cría. Pequeñas señales que ella entendía perfectamente, porque esta otra chica era tan avanzada para su edad que ya había profanado todo lo que estaba a su alcance.

Una noche, tras la última clase de Jose María, la chica se presentó junto al coche de su profesor con unas copas de más y medio gramo en el cuerpo.

¿Prefieres que te pregunte por el trabajo de mañana, por Joyce o por si quiero que me pegues? Eso le dijo la cría.

Jose María la miró de arriba abajo. Le hizo un traje.

Laura, es mejor que te vayas a casa ahora, antes de que avise a tus padres.

Ey, estoy de broma… ya sabes, quiero ser escritora, así que procuro ser imaginativa.

La chica llevaba tres cervezas que colgaban de su mano.

No quería molestarle, yo no me creo nada de lo que se comenta sobre ud… y además aunque fuera cierto, no lo reprobaría.

La mirada de Jose María cambió, casi no se apreció, pero cambió.

¿Qué es lo que dicen de mí, si se puede saber?

La chica se mordió el labio inferior que se deslizó muy despacio contra su diente.

Que te gusta hacerlo muy duro.

El profesor se fijó en que el labio de la chica se desplazaba así de bien y así de suave, porque era muy grueso. Pensó en como sangraría tras un golpe un labio de esas características.

Entonces…si solo dicen eso, ¿por qué habrías de reprobarlo?

Por nada, no lo repruebo en absoluto. Para mi, follar es una experiencia, ¿no? ¿Qué clase de escritores seríamos si no experimentásemos?

El profesor pensó en lo artificiosas que son las chicas jóvenes cuando quieren parecer experimentadas. Especialmente las que tienen ínfulas artísticas.

Tengo una válvula en la polla, le dijo.

El labio se deslizó de nuevo.

Ya lo sé. Sé mucho sobre ti.

Y se deslizó otra vez más, nerviosamente.

Quiero verla.

2011

Órganos del estado.

Jose María y Yoko, su mujer, están hablando con un policía Rumano en el hospital. El hombre sudoroso de la embajada les hace de intérprete mientras transpira mares salados por las entradas y parece mucho más delgado cada minuto que pasa.

El policía se retira, les murmura algo y se marcha. Los tres se quedan callados, mirando al frente hasta que el hombre de la embajada, ahora esquelético, toma la palabra.

Esto es increíble… ¡increíble. Si podemos hacer algo más… lo que sea.

Sáquennos de aquí. Cuando traigan a mi hijo, sáquennos de aquí. Llévennos a mi maldito país y desaparezcan para siempre. No queremos más. No necesitamos más.

Lo importante es que ahora su hijo está en camino y lo solucionaremos todo para salir de aquí con el cuerpo hoy mismo. No se preocupe.

Jose María habría provocado una alarma en el monitor de haber estado enchufado, pero su estabilidad ya le permite manejarse sin monitorización.

A mi hijo de 7 años lo han secuestrado unos putos animales de su puto país, le han quitado un riñón y lo han encontrado mutilado en un paso de cebra.

El hombre que suda está a punto de desaparecer y dice:

Escuchen…

Jose María arroja la bandeja con la cena intacta contra el suelo. Es un estrépito corto, escaso de fuerzas pero lleno de dolor.

¡Salgan!

¡Salid! ¡Tú también, Yoko! ¡Dejadme solo!

Una enfermera se asoma y les hace un gesto al hombre de la embajada y a la mujer del profesor. Al cruzar la puerta, el hombre susurra unas palabras a la enfermera y le hace un gesto propio de la justificación.

1977

Malos hábitos II

La rana que Javi había cogido al pasar, era verde como una esmeralda, angulosa, delicada y con los dedos terminados en bolitas como en los dibujos. El anfibio abría la boca cada poco tiempo como para decir algo sin lograrlo.

Javi le dio una calada a su cigarro como un niño, no como un adulto y después le puso el cigarro en la boca a la rana.

La rana empezó a aspirar el humo compulsivamente, el bicho fumaba hasta el final.

El cigarro se consumía a cámara rápida, centelleando a lo loco, y la rana se hinchaba como una pera de un medidor de tensión después de ser apretada.

¿Ves? No pueden parar de fumar.

La rana se hinchaba y se deformaba en la mano de Javi. En un momento determinado, el niño la depositó en el suelo, frente a Jose María con el cigarrillo incrustado en la boca ya consumido por la mitad y dio un paso atrás.

No pueden dejar de hacerlo.

La rana estalló como un petardo y una gota de sangre fue a posarse en la mejilla del futuro escritor y profesor, como no lo había conseguido ninguna víscera de los demás reptiles.

2011

La rana.

No queda nadie más en la habitación del hospital rumano.

Jose María y sus fantasmas se levantan de la cama al unísono. El escritor y profesor, antes niño modelo de fotografía, se mueve ahora pesado y sin eje.

Sin su mujer delante y sin nadie más mirándole, bien podría derrumbarse. Bien podría dejarse caer.

Pero no lo hace, decide ir al servicio, cerrase con el pestillo y sentarse sobre la tapa del váter. Luego aprieta fuertemente los ojos y hace algo instintivo, algo animal.

Ya es hora de que sea él, el que se sienta en la taza.

Ya basta.

Mientras el aire va llenado su pene, mientras aprieta una y otra vez la válvula de erección que sobresale como un pequeño tumor en su ingle, puede ver las caras de todas esas chicas, los hilos de sangre, los paisajes que ha generado con los hematomas, los valles de nubes que modifican la luz en los aviones, los ríos de saliva, los cortes y los pezones deformados de todas sus parejas habituales. Puede ver la cara de su hijo, la rana que fuma, los lagartos, los sapos y las culebras. Y puede ver también, como hilo conductor, el rostro de la chica rumana.

Cuando su pene estalló no hubo gota que se posara en su mejilla, sino un buen chorro de sangre que nunca ascendió ni un palmo. Un enorme reguero que caía sonoro sobre sus pies, manchándolo todo.

Sonaba como si lloviera. Sonaba a tormenta.

Se durmió, se fue quedando blanco y se durmió.

Y la sangre no dejaba de manar.

Ya era hora.

Ya bastaba.

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