ÓRGANO DE DEFENSA

MUERTE

Starbucks – Plaza de Callao.

¿Su nombre?

Ella estaba ensimismada mirando el último disco de Paul McCartney a la venta en el mostrador.

Perdone…

¿Perdone?

Teresa clava sus pupilas en las de la encargada, pero no la ve. Piensa que quizás sea cierto que Paul McCartney murió hace mucho tiempo. Piensa que, quizás, el hombre nunca ha llegado a la luna y que, a lo mejor, lo que produce cáncer son los mecheros y no el tabaco.

¿Su nombre?

Muerte.

LA BESTIA DE TURNO

Teresa tiene ahora veintitres años menos y está sentada en una grada de la Plaza de Toros de las Ventas.  Hay poca gente y ella, con un camisón blanco, parece una bailarina de cera de Degas. Una muñeca sin alma. Sin peso.

Desde la otra grada, la estampa parece la de un teatro de juguete, un guiñol contemporáneo.

Laura era blanca como el jugo de un maíz tierno. Era pura.

El torero no era ni muy guapo, ni muy elegante, ni muy gitano. Era un tipo un poco bajo para lo que se esperaba, pero su musculatura se perfilaba entre la tensión de la licra del traje de luces. Parecía más un super-héroe que un torero, pero Teresa no podía sacar la mirada de su sexo.

A sus 14 años la niña aun no lo entendía bien, pero ya sabía lo que quería: las cosas que más le gustaban en el mundo eran los toros, los trailers y algunos tipos de autobús que había visto cuando sus padres se la llevaban de Vacaciones en su autocaravana por todos los campings desde Madrid hasta Alemania.

Teresa no escuchaba a la gente en la plaza, solamente oía el trote de los cascos en la arena y la respiración del torero. Estos sonidos se introducían en sus oídos como el aleteo de un mosquito, mareando a su tímpano y confundiendo a su cerebelo. Eso también era algo que la volvía loca. Esos sonidos taladrantes. Ese ambiente épico.

Todavía no le había puesto nombre, pero a ella le gustaba la potencia. Era como 600 caballos pequeñitos. Nada de Ponis. Por su sistema circulatorio corrían 600 cachorros de caballo, 600 potrillos salvajes.

El torero parecía visiblemente preocupado por el desarrollo de la corrida y esto excitaba especialmente a Teresa que introdujo su mano por debajo de la falda.

Los toreros fuertes acaparaban temporalmente su atención, pero aquellos que se sobreponían a la situación en inferioridad de condiciones, le hacían sentir cosas que no comprendía y que anidaban en su pequeño corazón.

A varias manzanas de distancia, guardada en una mochila con un estampado de un mapamundi antiguo, la niña escondía una carpeta en la que lucían las fotografías de los pocos toreros de estas características que se presentaban en la plaza. “Quizás no sean los más guapos, los más elegantes, ni los más gitanos. Pero son hombres de verdad” Eso solía decir, porque para ella eran hombres de ley, capaces y trabajadores, que además  imaginaba rudos y crípticos con ella.

Esas imágenes se mezclaban con las fotos de algunas estrellas de cine tan diferentes a ella que le atraían del mismo modo que los toreros. Le atraían sexualmente, como si fueran de otro género. Ella era la niña de algodón, la bailarina de Degas, el fantasma de la infancia y aquellas actrices de Hollywood pesaban y colonizaban cada milímetro del papel con su presencia.

Esa carpeta estaba, como Teresa, plagada de sueños confundidos. La gente con muchos sueños es más fuerte, pero también más vulnerable. Algunos sueños no son para cumplirse.

Teresa introdujo dos dedos por debajo de sus braguitas.

El torero se secó el sudor de la frente con siete golpecitos impartidos con el dorso de la mano, mientras sostenía el capote con la otra. Teresa, a su vez,  se acarició también 7 veces justo cuando el torero terminó su movimiento.

El siete es mágico.

En esos momentos era cuando sucedía aquella cosa especial que la traía una y otra vez a la plaza. Cuando llevaba un rato contemplando la escena, siempre podía ver como el toro la miraba a ella y solamente a ella.

Mentía a sus padres, les decía que bajaba a pasear con sus amigas y se plantaba en la grada, hasta que su joven mirada distinguía perfectamente el puntual brillo negro de los ojos del animal, entre aquella masa de oscuridad. De este modo era como se encontraban en cada feria taurina, los ojos de la bella, con los de la bestia de turno. Todos los toros hacían exactamente lo mismo, todos los toros la miraban poco antes de matar o morir…

… y Teresa se sentía afortunada por aquel ofrecimiento.

SIETE, EL NÚMERO NO SIEMPRE MÁGICO

Teresa  tiene ahora 36 años y está tumbada en una sala bis-a bis de la cárcel de Alcalá Meco. A su lado hay un hombre mucho más mayor que ella. Un tipo al que han partido la nariz 7 veces en su vida.

Teresa está recostada sobre el pecho del preso, donde  vive un dragón tatuado muy descolorido que respira solamente cuando él toma aire. Ella pasa el dedo por su tabique.

¿Siete veces? Siete es un número mágico.

Bueno…para mi no.

TRAS CADA LADRIDO

Con 36 años, en su casa en la sierra de Madrid, Teresa escucha ladrar al perro en el jardín. El perro jadea y aúlla como si le pisaran la cola. El perro es metal y lo que le hace aullar es corriente. El perro es vehículo de su excitación. Vacío y disponible.

Teresa cree que los perros significan algo diferente para los hombre que para las mujeres. Teresa cree que significan algo opuesto.

Luego, se pone un camisón blanco satinado y, con la luz entrando por la ventana, la escena se tiñe del color de las películas chinas de fantasmas.

Cuando el camisón toca su piel saltan chispas, escuece la piel y se escucha un sonido casi imperceptible de electricidad estática.

Una voz avanza por el pasillo: ¡mamaaaaaaa!

El pequeño cruza el umbral de la puerta y se abraza al fantasma de su madre que se traga parte de su miedo sin pensarlo. Las madres son la hucha del miedo de los niños.

Tranquilo…, no pasa nada. Será otro perro.

Cuentos chinos. Aquel perro nunca ladraba por nada. Era el dueño y señor del jardín. Allí aparecían sin cesar cadáveres de conejos, topos, búhos y serpientes, pero el animal nunca ladraba. El animal debía de pensar que con los cadáveres sobre el césped estaba todo dicho.

Ahora el miedo del pequeño que Teresa se había tragado, empezaba a repetir.

Ella se puso muy seria, cogió al niño por las axilas como hacen las madres y le dijo:

Ahora quiero que escuches bien a mamá. No te muevas de aquí, ¿entendido?

Di : ¿entendido?

El niño asintió preocupado de verdad.

No pasa nada… mamá va a bajar a ver que ha hecho Atila ahora y vuelve enseguida. Nada de salir de la habitación, ¿vale?

Di: ¿Vale?

Sí. Vale.

Teresa bajó la escalera, el perro no había parado de ladrar ni un momento. En la cocina, pulsó un interruptor que había junto a la puerta provocando un tenue contraluz opaco en las cortinas. Cogió una linterna del cajón, tomó la puerta y salió atravesando el porche hacia el jardín en penumbra.

Caminando en la oscuridad, siguió cada ladrido con el cuello y la cabeza un poco estirados hacia delante y, al final de la cadena de negrura, se encontró con Atila husmeando algo en el suelo y dando vueltas sobre si mismo como un desesperado.

La mera noticia de que los ladridos no respondían a ningún ser humano ya era una buena noticia. Así que Teresa relajó las facciones.

LA MANO

De nuevo en la plaza, el torero hincha las fosas nasales cuando se enfrenta al toro y Teresa abandona a su suerte los dedos en su interior.

Al poco, otra mano grande y caliente se posa sobre la de la niña que está bajo las bragas. Un aliento denso se descarga sobre su nuca, como una locomotora en ralentí.

Una mano grande, una tela, otra mano pequeñita. Eso era lo que había.

Hay un olor que Teresa nunca antes había sentido. Un olor tostado que, como todas las cosas a partir de entonces, le desagrada un poco al principio y le encantará dentro de muy poco.

El pez grande que se acerca al pez chico. La naturaleza.

El toro coge al torero. La bestia tiene los mandos. Salen los monosabios.

Teresa se sobresalta, pero la mano no la fuerza. Desde el primer momento no se siente empujada ni hostigada. Aquella mano solamente potencia lo que ella está haciendo. Es la mano que le da de comer.

Viendo la sangre, Teresa tiene su primer orgasmo.

ANGELINA

Cae la nieve en la calle y el Starbucks de Callao por dentro genera un ambiente absolutamente artificial ideado para recrear determinada ilusión de Navidad.

¿Su nombre, por favor?

Teresa finge que busca algo en el bolso, levanta la mirada tenuemente y dice: Angelina.

El camarero destapa un rotulador con los dientes y escribe en el vaso: ANGELINA.

Se quita el tapón de la boca y, mirando a Teresa, dice: Muy bien, Angelina, ahora la llaman por su nombre.

ATILA Y MUERTE

CHAT – En el domicilio de Teresa 38 años.

Atila: Darte por el culo. Es lo que realmente me gustaría. Hacértelo despacio al principio y duro al final.

Muerte: Sé más gráfico.

Atila: Oye…

Muerte: ¿??

Atila: Que por qué te has fijado en mi.

Muerte: Porque te llamas como mi primer amor.

Atila: No es mi nombre de verdad.

Muerte: Lo imagino. Dime tu nombre de verdad.

Atila: Si tú me dices el tuyo.

Muerte: ¿Por qué quieres saberlo?

Atila: Porque si escribes el nombre de otra persona le regalas 2 años de vida.

Muerte: La página de inicio del chat dice que no debemos dar esa clase de datos.

Atila: Yo me llamo Joaquín.

Muerte: Teresa.

Atila: T.E.R.E.S.A.

NICOLE

Hace tanto calor en Madrid y esta ciudad es tan trágica, que el Starbucks tiene la máquina de batidos y frappés averiada.

El camarero termina un discurso repetido 100 veces ese día. El encargado considera ahora a Teresa parte de un todo homogéneo. Hoy todos los clientes son el mismo, todos son réplicas.

Así que éso… cafés e infusiones las que quiera, pero frío nada.

Teresa mira la pizarra.

Un café latte grande estará bien.

¿Su nombre, por favor?

Teresa piensa un momento, finge que busca algo en el bolso, aparta un paquete de la farmacia como si entorpeciera algo realmente importante en el interior, saca la cartera y dice: Nicole.

El empleado escribe: NICOLE. El rotulador se atranca y rechina una vez en la superficie curvada del vaso.

Ahora la llaman por su nombre.

EL TORO

Un tipo entra en las letrinas de la grada C de las ventas, escucha gemidos y, dubitativo, se aleja de la puerta hacia otros servicios.

En el retrete, José, un gitano de 47 años está sentado sobre la tapa del váter con Teresa encima, besándola y penetrándola. Ya hay sangre roja sobre el blanco del camisón.

José agarra la cara de la niña con sus enormes manos morenas y las uñas bien largas. Bien cuidadas.

¿Ves como no soy torero, niña? Un torero nunca te haría esto.

Teresa le mira a los ojos mientras él la penetra. La niña jadea y apenas puede hablar. Su voz suena entrecortada, como amplificada a través de una picadora de carne.

¿Y entonces qué eres?

Yo soy el toro.

José levanta a la niña y su pene ensangrentado se sale de la rajita.

La chica gime de placer y no se mueve en todo el proceso, expectante como un cachorro de algo.

El gitano le da la vuelta, la apoya contra la taza abrazándola por el vientre y, dejando su trasero en alto, la coge.

La embiste.

MUESCAS

De nuevo en el jardín, 24 años después del toro, con el pequeño Miguel esperando en el cuarto… Teresa sigue plantada frente a Atila, el perro.

Al acercarse al lugar que dispara la excitación del animal, Teresa puede ver una especie de piedra marrón en el césped. Sin dudarlo un instante, apunta con la linterna hacia ese punto, haciendo que Atila se aparte  momentáneamente. Los brillos muestran que la roca es de un material inusual.

Atraída por la luz, una cabeza verde de cuello arrugado se asoma bajo la piedra. Se trata de una tortuga de tierra.

Teresa la coge por el caparazón y la tortuga se retrae bajo el carey.

Después, tranquiliza al perro de manera dulce y magnánima y lleva el anfibio hasta el interior de la casa. Llama a su hijo y ambos inspeccionan al animal sobre la mesa blanca de la cocina.

Atila esperaba tras la puerta principal, angustiado y confundido.

No sé cómo diablos ha podido llegar hasta aquí, el río está a cien kilómetros…

¿Qué come, mamá?

Vamos a dejarle enfrente algo de lechuga…eso debería gustarle… aunque yo diría que esta tortuga no sigue una dieta muy convencional.

Mira… ¿ves todas esas marcas en el caparazón?

¿Qué es eso, mamá?

Son muescas, Migue, son señales de cosas que le han pasado. Viven muchos años, ¿sabías? Quizás más que tú y que yo. Más de 100.

¿Y entonces…  estos arañazos?  ¿Le duelen?

No, hijo, no le duelen ni le han dolido, pero ¿ves esta parte de aquí? Aquí le falta un pedazo.

¿Y ella lo sabe?

Lo intuye.

¿Cómo?

Lo siente, siente algo raro. Pero no sabe sabe a ciencia cierta lo que pasa ahí fuera. De todos modos, eso no la detiene. Todas esas marcas son de peleas, de caerse por los meandros, de seguir la corriente. Son de no entrar por algunos agujeros, de las garras que intentaron cogerla y se escurrieron en el carey. Son el rastro de los colmillos, recuerdos de las veces que se quedó dada la vuelta y no pudo ponerse en pie. Del granizo y de las ruedas de los coches. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí? Quizás por el alcantarillado… o por el pozo.

No quiere la lechuga.

Se la dejaremos aquí al lado y, antes de ir al cole, veremos si se la ha comido.

Mañana, con más luz, la dejaremos cerca del río, en un lugar donde Atila no pueda encontrarla… ¿vale?

Vale.

El perro ya se había quedado dormido sobre el felpudo. Soñaba que no tenía pelo en el cuerpo y que se le caían los colmillos.

Teresa pasa la mano por encima de la tortuga para llegar a un complejo pastillero de plástico azulado semitransparente que divide las pastillas por días y por tomas.

Coge un  vaso colgado en un gancho de la pared, una jarra purificadora del agua con termómetro incorporado y ofrece una pastilla al niño.

El niño se introduce la píldora en la boca y ella empuja el vaso hacia él, como haría un vaquero. Deslizándolo por la mesa,  tratándole como si fuera un adulto, mirándole bromista.

El niño se ayuda del líquido para tragarse la pastilla.

Al terminar, empuja el vaso hacia ella, imitándola.

Ella coge una pastilla del clasificador, se la mete en la boca y bebe.

La tortuga asoma la cabeza, pero ellos están tan forrados de complicidad que no se dan cuenta.

Y ahora, dame un beso y a dormir, que mañana la tortuga te estará esperando para que la saques de aquí.

Migue desapareció escaleras arriba y Teresa se quedó allí sola con la tortuga,  pasando sus dedos por el caparazón, reconociéndola como hacen los ciegos con todo lo que les importa y llorando. Luego cerró la puerta y se acostó.

A la mañana siguiente, el pequeño Miguel se sintió estafado. La tortuga había desaparecido. La buscaron por las esquinas, bajo el lavaplatos, tras la lavadora… y no estaba.

Esa tortuga no esperaba por nadie, por eso seguía viva.

PODÍAS HABERME DEJADO ELEGIR

Despidiéndose de sus compañeras de vuelo, Teresa, simplemente no parece humana. Ella siempre supo arrimarse a la gente más fea, menos agraciada. Siempre supo asociarse con chicas a las que eclipsaba sutilmente con su belleza. Pero, con el tiempo, las cosas se habían escapado de su control y ahora llevaba un carnet falsificado que su padre le había gestionado para que pudiera cumplir su sueño. El de ser azafata.

Bueno, Teresa, disfruta de la visita…

¡Gracias Ana, descansa!

Yo no disfruto tanto como tú… Marcos está en Madrid, agobiado con la tesis… y yo aquí, en Bangkok, con la regla y con un sueño atrasado inmenso. Voy a ponerme una película en el hotel y a esperar que esto pase lo antes posible.

¡Hasta mañana!

Para tener esta conversación entre azafatas, Teresa se había acostado a las 16:45 de la tarde del día anterior, se había levantado a la 1:45, se había maquillado hasta las 3:20, se había tomado un Lexatin y había tratado de concentrar toda su energía positiva desde el mismo momento en que salió de casa. Aquel carnet de azafata falso era la prueba de que habría sido mejor no cumplir sus sueños. De que los sueños de Teresa la iban a matar. Teresa era 12 años mayor que su compañera. Y siempre supo que no escogía. Se creía en cierto modo inmortal por ello. Desde muy niña pensaba que ya estaba muerta. Así que no tenía nada que perder.

Teresa era viuda y el fantasma de su marido nunca supo ayudarla. Ella era de esa clase de chicas con las que nunca sabes qué botón pulsar. Era igual en la cama. Era así con todo.

El fantasma de su marido le sacó una pelusa de su chaqueta de azafata.

Al salir de la zona de embarque, después de saludar en inglés a diestro y siniestro, Teresa se topó con una pared que pensó que ya no existía, se confundió y se golpeó con el pasado.

Hola.

Otra vez aquel olor tostado de su infancia. Otra vez la primera vez.

Teresa parece ahora mucho más joven, tampoco parece humana, pero resulta pequeña al lado de aquel hombre de 64 años, gitano de pelo canoso.

El hombre la mira directamente a los ojos, la mirada de Teresa se cruza otra vez con la negrura, con el espesor. Teresa no saluda  sino que dice una frase que tenía guardada y fotocopiada desde hacía varios años solares en cada poro de su piel y en cada rincón de su espíritu :

Podrías haberme dejado elegir.

Estoy enfermo.

Podías…

Te digo que estoy enfermo, Tere…no me queda nada.

LA BARBA

Teresa está de nuevo en una sala de bis-a bis de la Cárcel. Esta vez en Carabanchel. Está apoyada sobre el corazón de otro hombre. Este hombre no tiene ningún dragón sobre el pecho, pero tiene una alfombra de pelo sobre la que se apoyan las tetas de Teresa y una barba rizada y rojiza que termina en una forma cuadrada, como el bloque de una escultura Mesopotámica.

El hombre duerme y Teresa ve algo blanco que asoma entre los pelos, casi en la zona del cuello.

Curiosa, introduce los dedos en la barba y saca una pastilla blanca sin cobertura porque ha sido chupada.

El hombre realiza un rápido movimiento y agarra la mano de Teresa. Es un impulso eléctrico que se despierta en las prisiones, donde el sueño es ligero y existen las alertas.

Déjala ahí.

Deberías tomarla. Deberías tomarla siempre.

Estaba soñando que ponías una lima en mi barba, y que, solo en la celda, intentaba limar un barrote. Soñaba con unas horas más tarde. Hasta ahí puedo llegar, hasta ahí puedo escapar.

Tú y yo somos muy parecidos.

Pero yo no tengo libertad. Estoy condenado dos veces.

Mientras hablan, Teresa se incorpora en la cama y saca un pastillero del bolso. Ella misma sabía que así es como debería estar siempre : Desnuda y en la cárcel.

Sólo existe un infierno.

Mira… sé que no soy nada especial para ti. Sé que haces esto con más presos. Que buscas a gente seropositiva enjaulada y te la follas. Eso no me preocupa.

Me preocupas…

Teresa se revuelve como una auténtica zorra.

¿Qué? ¿Yo?

Vete a la mierda, Joaquín.

El fantasma del marido de Teresa, que jugaba a atravesar la puerta de seguridad en uno y otro sentido para no ver a su mujer acostarse con un preso, se queda ahora en la estancia. Preocupado por ella.

Teresa recapacita como una auténtica zorra, saca una píldora del pastillero y le ofrece otra al hombre.

Joaquín, por favor… no me vengas más con gilipolleces de que me quieres y tómate la jodida pastilla. Hay solamente un par de cosas que podemos hacer para seguir aquí. Una es compartir y la otra tomar esta puta pastilla. Tengo un hijo y tuve un marido. Eres un preso. Esto es una sala de bis-a-bis de la prisión de Carabanchel…

Joaquín… no jodas.

PULSA ENTER

Es otro día totalmente diferente. Otro lugar.

Ella es muchas mujeres, Teresa cambia de color en cada ambiente.

La habitación era entonces azul pálido. Y dentro de aquella casa, ella era del color que su hijo necesitara en cada momento. Como un camaleón caminando sobre un cuadro de Pollock. En la otra punta del pasillo, un niño grita indignado y asustado: ¡MAMÁ!

Teresa atraviesa el trecho que la separa del despacho y cruza la puerta. El niño está plantado delante de la enorme pantalla del Mac que parpadea en un molesto y constante rojo sobre negro, con un mensaje y un contador que retrocede:

33, 32, 31…

“Este es un virus creado en Irak. Tu país ha colaborado bajo tu consentimiento en las maniobras de destrucción organizada contra el mío. Han quemado mi casa, violado a mi hermana y exterminado la vida de mi ciudad tal y como la conocíamos. Mi padre ha muerto en manos de tu ejército.

A continuación, la información contenida en los discos duros de tu ordenador: C:/, D:/ y E:/ desaparecerá permanentemente y podrás sentir en pequeña escala lo que yo he sentido. Perderlo todo en un abrir y cerrar de ojos, sin motivo aparente y sin posibilidad de salvación alguna.

Pulsa la tecla ENTER para proceder a la eliminación de archivos y carpetas. Si apagas el ordenador, el borrado de datos se producirá igualmente, así que, en tu mano está el hacerlo tú mismo o que el sistema siga el proceso por su cuenta

PULSA ENTER”

EL ZORRO

Teresa tiene otra vez 14 años.

Cuando se peleaba con José, el gitano, vagaba por el bosque. Se sabía aquellos senderos de memoria. El poblado era denso hasta un punto. Pasado el área que alcanzaban las luces de las chabolas el espacio no tenía  puntos cardinales.

Ella quería salir de allí. Hoy quería volver a casa.

Caminó un tiempo sin baremo relativo. Caminó por un espacio indeterminado que se volvió un poco más frondoso y terminó cerca de un lago. Anduvo lo que le duró la pila, se sentó en cualquier parte, escuchando el sonido del agua. Abrió su bolsito de muñeca y sacó una chocolatina Mars, le dio un bocado y se quedó dormida en un lugar sin X, con el chocolate derritiéndose aun más entre sus dedos. Era Verano, hacía calor y no corrían el aire ni los pensamientos.

Teresa también se derritió hasta que algo la despertó.

Con las piernas un poco flexionadas y aquel vestido. Tumbada bocabajo, todo el espacio parecía una cama de princesita surrealista.

Teresa se giró con naturalidad, ella no había aprendido lecciones de pudor. Se había saltado esa clase en la escuela de la vida con todos aquellos viajes de sus padres y con sus amigos de tres semanas.

Se tumbaba con todos los huecos abiertos y se levantaba arqueando las piernas y ocupando el espacio por completo, casi como las estrellas de cine que habitaban en su carpeta. Era una niña salvaje.

Una niña amazona.

Al  incorporarse lo vio de lleno. No dudó ni un segundo. Era un zorro como el de los dibujos animados. Con las orejas desproporcionadas y la cola de punta en blanco.

El zorro se aproximó a Teresa, cogió un palo con la boca, se desvió hacia la orilla, miró a la niña y, muy tranquilo, se adentró en el  lago.

La niña se levantó y corrió hacia el agua al perderle de vista.

El animal estaba allí medio sumergido, observándola, con el palo en la boca.

Con los tobillos en el agua, ella notó como si el palo vibrara. Como si latiera.

El zorro, inmóvil, la miró desafiante, así que no dio más que un paso, lo que le sirvió para ver que las mejillas del animal, aquella parte blanca de su máscara de pelo, se volvía negra y temblaba con un efecto hipnótico.

Una horda de parásitos bajaban sorteando los bigotes del zorro, encaramándose al palo y huyendo del agua que le cubría el resto del cuerpo.

La totalidad del rostro del cánido, poco a poco volvía a ser blanca y el palo era ahora mucho más grueso. Cientos de garrapatas, piojos, hormigas y demás parásitos, se amontonaban los unos sobre los otros en aquella pequeña superficie. Encuentros insospechados que solo se producen en el exilio de los cuerpos.

Cuando el animal se sintió liberado. Soltó las mandíbulas y dejó escapar el palo que avanzó flotando directamente hacia la niña, inmóvil con medio cuerpo metido en el agua. Su templo estaba circundado por aquel vestido que tejía un círculo de tejido húmedo a su alrededor. Como un arrecife de coral.

El palo se dirigió hacia ella como un barco pirata y la niña se quedó congeladal, mirando al zorro. El animal salió del agua ligero, sin dejar de observarla. Descargado.

Entonces, aquella  nave de pequeñas alimañas chocó contra su brazo y todos los insectos treparon por su piel. La niña se  revolvió, golpeándose primero y arrojándose al agua después. Solo entonces disolvió el ataque.

Cuando por fin volvió a sacar la cabeza del agua, miró hacia la orilla y pudo ver que el zorro cogía la mitad del Mars que se había quedado en tierra y se fundía despacio con la oscuridad, con trote ligero y la cabeza gacha. Con aires de rondador nocturno.

LA SANGRE

Muchos años más tarde, Teresa se había vuelto de cristal. Tumbada en aquella cama blanca, con aquella palidez en la piel, circundada por ese camisón inmaculado y con aquel Actimel nuclear sobre la mesilla, parecía un fantasma de otra época.

Miguel entró corriendo en la habitación. Él también ha cambiado mucho. Ahora era un niño serio y recio, con una camiseta de baloncesto y una muñequera Nike. Tiene 16 años.

Hola mamá.

Miguel tiene una mano vendada.

La mirada de Teresa apunta y su boca dispara. Su química más ancestral se despierta. El blanco se enrojece. Todas las cosas se ponen coloradas porque la luna entra a través del filtro de la ventana, y esta noche, nuestro satélite sangra.

¿Qué te ha pasado? Déjame ver.

Nada, es un corte sin importancia.

¿Quién te ha atendido?¿La enfermera?

No, yo mismo me he puesto una venda del botiquín. No es nada, un corte.

Miguel se separa la venda para que su madre lo vea.

Teresa parece inusualmente preocupada.

¿Cómo ha sido?

El muchacho mantiene la palma de la mano boca arriba, mostrando una yaga  de la que todavía aflora tenuemente un nuevo hilo de sangre. Un filo rojo que se desliza entre los dedos colorados por la luna.

Haciendo un mate, me rocé con uno de los ganchos de la red de la canasta. Caí con todo el peso y…

Teresa le toma la mano, hace un desagradable gesto con los labios resecos que provoca un sonido casi imperceptible, pero existente. Como el sonido de una bolsa de aspiradora cuando el aire tira de ella. Y chupa con suavidad la herida de su hijo.

Miguel la mira en silencio. Tiende el brazo y aprieta los labios.

El marido fantasma de Teresa, aquel espectro también padre de Miguel, estira los brazos y los recoge a ambos. Su familia.

SOBRE LA PÉRDIDA DE TIEMPO

Teresa: la niña, la madre, la vampiresa y, sobre todo, la azafata, está con las rodillas clavadas en un piso en medio de Bangkok. Simplemente está allí, con las piernas flexionadas, desnuda. Trabajando como una máquina.

Teresa agarra un pene tras otro, los chupa y pica la carne de aquellos 7 tipos. De aquellos siete jinetes.

Ellos se ríen, se miran y se descubren. A lo largo de la noche, tres han establecido una complicidad emocional con ella. Los tres primeros con los que empezó a relacionarse abajo, en el club.

Dos americanos y un colombiano. Sobre todo, con este último, había hablado un poco bajo los primeros efectos de la coca y el éxtasis.

Los cuatro habían echado un polvo muy bonito hacía tan solo una hora en esa misma habitación. Pero llegado este punto, aquello no tenía nada que ver. Aquello se había ido a otra esfera. La esfera en la que hay 7 tíos intentando correrse encima de Teresa.

Ella hizo el trabajo. Todos disfrutaron. 3 casados, 2 muy jóvenes y otros tres bisexuales. Nadie se fue sin premio.

La fiesta terminó y ella ni siquiera se duchó. Se fumó un cigarro y se metió una raya, luego sacó otra de aquellas pastillas del bolso y se la tragó con un sorbo de licor de serpiente.

Desde el marco de la puerta les miró mientras unos se vestían, otros se acurrucaban sedados, algunos miraban el móvil y el resto hablaban. El denominador común era que todos la ignoraban. Ella ya no pintaba nada en aquella torre de Babel. Aquellos tipos habían logrado entenderse en esperanto, pero ella no entendía nada…

Nada de nada.

De pronto, entre el bullicio internacional, Teresa escucha una frase. Una referida a ella.

“La puta ya se marcha… la conozco bien, intentar que se quede a echar otro polvo es tiempo perdido”

A lo que Teresa, desde el marco de la puerta, añadió: “No existe el tiempo perdido. Ustedes…simplemente, lo han aprovechado mal. “

JUSTICIA POÉTICA

Teresa estaba hipnotizada frente a la pantalla del Mac. Como una rata delante de la cabeza de la serpiente.

Pulse ENTER.

Teresa lo hizo. ¿Qué otra cosa podía hacer?

“Su información ha sido mantenida. No se ha borrado ningún archivo de su sistema. Su ordenador está seguro. Este virus solamente pretende ser una lección para ti y para tu pueblo. Porque mi país no es como el tuyo y yo no soy como tú. No me creo Dios ni condeno a tu pueblo con mi poder. Respeta y serás respetado. Sigue tu curso. “

Miguel leyó todo aquello y lo entendió perfectamente. No preguntó nada.

¿Ves Miguel? No pasa nada. Tómate la pastilla y a dormir.

LA ZORRA

Antes de subir al avión la expectativa está en alza. La expectativa de todo. Subir es una incertidumbre. Teresa bromea con una compañera mientras saluda afectuosamente a todo el que entra en la zona de abordo en dos idiomas diferentes.

Teresa participa muy activamente en ese juego de las azafatas que consiste en mantener toda la corrección posible en lo formal, sobre todo en el momento de entrada al avión, para luego ser retorcidamente falsa o directamente desagradable con los pasajeros en el interior del mismo y terminar, finalmente, por despedirse muy afectuosamente de los clientes de la línea como si nada hubiera pasado.

Un huracán con traje de chaqueta se desplaza por la sala del aeropuerto. Una locomotora con marcado acento colombiano que discute con el encargado de seguridad mientras camina. El tipo está siendo violento, pero no lo suficiente como para que el hombre de seguridad pueda tomar una medida tan drástica como agarrarle o pararle en seco.

Al verla en la distancia, el huracán se desborda y acelera el paso.

¡Eh, tú!

Teresa se inquieta y mira a sus compañeras azafatas que se sienten amenzadas y se desplazan discretamente hacia los lados, como si flotaran sobre el suelo.

¡Sí, tú! Me acuerdo perfectamente de ti…  ¡Teresa!

El colombiano pronuncia el nombre como quien pronuncia la moraleja de una tragedia, como si, al decirlo , todos los presentes fueran a desplomarse y a morir. Como si abriera las puertas del infierno de Shakespeare.

Teresa le mira, el maquillaje barniza mucho sus emociones. El acabado de su cara es mucho mejor que lo que está sintiendo. Mucho más limpio.

Creo que se confunde… no le conozco.

El guarda de seguridad llega justo a tiempo, le agarra por la espalda y le inmoviliza estirándole un brazo hacia atrás. Esa técnica es exactamente igual en la vida real que en el cine. Es auténtica. El tipo continúa gritando, señalándola ahora con la cabeza, ajeno al guardia y al dolor.

Me lo has pasado… ¿sabes, puta? Y todavía no sé ni cómo decírselo a mi mujer… a lo mejor yo también se lo he pasado a ella…

Me has jodido de lo lindo…

Teresa se derrite mientras el maquillaje aguanta. Es como un príncipe moribundo dentro del castillo incorrupto.

No sé de lo que me está hablando.

En las esquinas del cuello, en el contorno de los ojos, en las comisuras de los labios, el maquillaje se agrieta imperceptiblemente. El coloso se tambalea.

El tipo rompe a llorar y solamente ahora el guardia de seguridad aprecia el olor a tabaco y a alcohol que exhala por cada poro. Ahora se hacen realmente evidentes las manchas en la camisa, el pelo grasiento y la corbata torcida.

Me has jodido de lo lindo, putita… me lo has pasado… he ido a hacerme unos putos análisis porque noté algo raro… Era todo demasiado fácil… Seguro que también se lo has pasado a alguno de los demás…

Teresa se recompone: Escúcheme, váyase.

Hasta ahora ella se sentía sola con aquel tipo y el guarda de seguridad, pero el foco se hace cada vez más grande y ahora ya es perceptible el cuchicheo de las demás azafatas. La presión del círculo.

Estás completamente loca, nos has pasado el Sida…lo sabías y no pensabas decir nada.

Me lo has quitado todo… me has castrado. Me has matado. El Sida… no me lo puedo creer. No puedo…  lo bueno, maldita zorra… es que yo ahora no puedo alcanzarte. Pero tú serás la primera en morir. Estoy seguro. Te veré retorcerte de dolor. A ti y a tu hijo.

¡Zorra!

POLVO DE ESTRELLAS

En el Starbucks todo funciona estupendamente, siempre hay una oferta que casa cuidadosamente con la época del año en la que vivimos.

Quiero un Cappuccino fallen leaves.

Tere pronunció fatal el nombre del café.

Un fallen leaves.

El dependiente, sin embargo, lo pronunció perfecto.

¿Su nombre, por favor?

Teresa, blanca como la leche y con manchas de dinosaurio bajo el maquillaje, no dudó ni un instante, todas las estrellas se habían reducido ya a polvo.

¿Sabes que si escribes el nombre de una persona le alargas dos años de vida?

El camarero le sonríe expectante con el rotulador a escasos milímetros del vaso.

Pues… ¡Hagámoslo, venga! Dígame su nombre, por favor.

Teresa.

Gracias Teresa, ahora le llaman por su nombre.

EN TORNO A SEGUIR LA CORRIENTE

De nuevo la casa de campo unifamiliar. De nuevo la familia. No hay mejor infierno que el viejo infierno.

En la pequeña pantalla de la habitación, la madre naturaleza acaba de pegarle una bofetada aleccionadora a un matador. Una bestia parda de 719 kilos le ha embestido de tal manera, que el cuerno ha entrado a través del cuello, rozando la carótida, con tan mala suerte que se ha llevado, en plena salida, toda la piel de su rostro.

El animal le ha dejado sin facciones. Le ha arrebatado la identidad. Generalizándole. Dejándole listo para una foto en un libro de anatomía.

El torero mantiene la consciencia durante unos segundos en los que se incorpora un momento. La sangre fluye, pero con semejante escape en el sistema, aquel gitano se apaga como un muñeco articulado. Es entonces, cuando entran los camilleros y los monosabios tratando de confundir al animal. La bestia respira fuerte y satisfecha ante los gritos de horror del público.

Madre naturaleza 1 – Hombre 0

Mamá.

Aquella ya no era la voz de un niño. Aquella voz tenía otro timbre. Pesaba.

Dime.

Hoy he estado con una chica.

Teresa giró la cabeza.

Bien, hijo… supongo que ya eres un hombre. Supongo que es normal.

Teresa se levantó con un camisón blanco, lo hizo sin hacer ruido y salió al porche. Luego bajó las escaleras y continúo campo a través. Miguel se asomó a la ventana y se quedó inmóvil viéndola desaparecer entre la maleza. Cruzó un camino con farolas y durante todo el trayecto sintió que todos sus deseos podrían hacerse realidad con solo pensarlos.

Pensó en su marido fantasma.

Querida. ¿A dónde coño te crees que vas?

Abajo.

Has dejado a Miguel solo en tu habitación.

Ya es un hombre. Ya ha follado.

La has cagado… pero bien, Teresa. Pero bien. Tenías un hilo colgando y has tirado y tirado hasta que…

Hasta aquí.

Teresa estaba frente al río. Con la luna a sus pies. Una luna colorada como un glóbulo rojo.

Despacio, frotó otra vez la lámpara de los deseos. No temía a nada ni a nadie. Nunca lo hizo. Solamente unas inquietas luces azules a lo lejos y algunas voces ininteligibles mezcladas con el canto de los grillos, desviaron por un momento su atención.

En el suelo había una rama. Una rama rota. Teresa la agarró, se descalzó y dejó a la vista los pies más pálidos del mundo, llenos de manchas redondas. Como los pies de un extraterrestre.

Teresa… no hagas esto.

Las luces bajaban por el sendero. Ella sabía que llegados a ese punto, los coches se detendrían y la policía perdería tiempo aclarándose con la bajada, la vía de tren y los caminos entre los meandros.

Tenía tiempo.

Caminaba despacio pero decidida, adentrándose en el río. Era una escena sin exceso de drama. Hablaba con su marido con naturalidad.

Escucha Miguel. Lo he estado haciendo… he pensado mucho sobre esta enfermedad. He viajado. He sentido cosas…

Esta enfermedad tiene un sentido…es un sistema. Tiene vida.

Teresa…hablas como una demente. No te alejes tanto, vuelve a la orilla…anda.

Miguel, es así… si repartes, duras más. Es un virus…quiere abrir horizontes, está en su código.

Tere…vuelve. Miguel está en la cocina.

Miguel acaba de aprender a manejarse solo, peque… Miguel ya es un hombre.

A lo lejos, un policía grita: ¿Señorita Muñoz?

¿Está usted ahí?

El policía se acerca a la orilla.

El marido está allí… observándole. Mirando la escena. Pero el policía no puede verle.

El marido lo sabe todo, podría contar cada detalle, pero no podemos preguntarle.

Por eso hace años que no hace nada. Que el marido fantasma mira y calla casi siempre.

El policía se asoma al río al ver una rama flotando, con algo pegado.

Estira el brazo, coge la rama y descubre un vestido blanco empapado adherido a ella.

De la rama salta una garrapata. Una pequeña que el policía no puede ver.

La garrapata corre por la manga de la chaqueta del agente hacia arriba, como una salmón contracorriente. Salta desde el hombro hasta el cuello de la camisa y se desliza lateralmente hasta clavarse en la nuca. Donde corre la sangre caliente.

Mientras tanto, Teresa, río abajo, se ríe mientras su cuerpo desnudo choca contra las rocas. Mientras se parten sus huesos.

Los cantos y las algas arañan su pálida piel. Las pirañas mordisquean sus tobillos. Pero ella es la zorra. La zorra y la madre. Su piel es como el caparazón de una tortuga. Su cuerpo es el vehículo de un pasajero inmortal.  Teresa no siente dolor, no siente nada. Solo sigue la corriente.