Duro con los dioses

Me tumbé con la frente apoyada contra la del monstruo y permanecí un largo rato en silencio, escuchando el disco que me había traído.

La batería estaba muy bien ecualizada y retumbaba en esa parte del cráneo donde más me gustaba. Enseguida noté que al monstruo también le agradaba, porque respiraba pesado y las fosas de su hocico aleteaban.

Luego reparé en el bajo y en como éste, con suma gravedad, hacía temblar los cimientos de mi sexo.

Esto me llevó a intentar follar con la criatura, que no me mordió, pero aplacó mis instintos marcándome en el cuello. Como hacen los dragones con sus crías.

La canción proseguía y yo me preguntaba si podría hacer algo parecido con tan sólo un bajo y una batería. Entonces recordé que había aprendido a tocar el piano, pero volví a olvidarlo, porque eran las tres de la mañana y a esas horas siempre daban golpes al otro lado de la pared.

Cada noche, pasada la hora bruja, era cuando ese muro y yo empezábamos un tipo de diálogo al que no podía resistirme. La charla con lo desconocido.

Pasé las dos horas siguientes fumando y comunicándome con el otro lado. Hasta que el monstruo se hartó, se incorporó y me puso una inyección en el brazo.

La aguja del tocadiscos, sin embargo, surcaba el camino de la misma canción. Ahora había tanto humo en el cuarto y tanta confusión en mis venas, que las dos agujas tuvieron que encender los faros antiniebla.

Aquella canción no terminaba de convencerme. Estaba borrosa. Aquel tema simplemente no terminaba nunca. No se iba. El monstruo no lo quitaba.

Cuando entró la guitarra sentí miedo, porque ella siempre es desagradecida conmigo.

Esas cuerdas, con sus malas vibraciones, me asustan y me hacen desagradecido a mí también. Y entonces ya no hay principios. Entonces ya no hay respeto ni hay nada.

Durante un instante volví a recordar que podía tocar el piano, pero la inyección del monstruo mantenía mi cabeza sumergida en cafeína y mi cuerpo hundido en el valle de un volcán.

Tendido, no podía hacer más que escuchar aquellas voces.

Recordé que podía cantar, que en otra vida había sido pájaro. Pero me daba miedo, porque para hacerlo tendría que estudiar trino. Y para estudiar hay que querer.

Y para querer hay que escoger.

Así que, en cuanto se me pasó el efecto de la droga y, aprovechando que la criatura dormía, me incorporé, cogí sigilosamente la llave que tenía colgada del cuello y salí a emborracharme y a estropear mi voz con cigarrillos.

Emborracharme era la alternativa segura ante tener que escoger.

Cuando volví a mi cuarto, mucho más tarde. Cegado, pero acompañado por una mujer. La aguja del tocadiscos patinaba sobre la superficie del papel, el monstruo ya no estaba y nadie daba golpes en la pared.

Entonces me sentí libre y era yo el que quería escuchar la misma música. Lo deseaba más que a la chica.

“Voy a ponerte una canción que he descubierto hoy”

La batería sonaba mejor que nunca, la guitarra ya no me daba miedo y ahora tenía ganas de cantar.

Sentí algo a mi espalda y me giré.

La chica estaba desnuda, no era más que eso… pero en ese momento  pensé que, después de todo, aquella canción no era tan importante.

Así de desagradecido soy con mis dioses.

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  1. “La mujer es un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo”.
    (William Shakespeare)
    -quizás tu ritual sexual, simplemente fue una especie de sacrificio al dragón.

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