El aparcacoches

Sonrió con su carita redonda y sus mejillas rosadas. El muy cabrón no tenía ni una arruga, no tenía marcas. Su rostro era como una pelota, como un mapa aún por hacer que no aportaba nada al mundo en el que él mismo vivía.

El otro tipo bajó del coche y le dio las llaves sin quitarse los guantes. Los ricos jamás se quitan los guantes para conducir. Sus manos siempre están manchadas de algo.

La chica dijo algo, pero dirigido solamente al oído del rico. Se rieron. El aparcacoches cogió las llaves y volvió a sonreír con su carita de muñeco.

El hombre y la rubia continuaron hacia el hotel. Eran de los más ricos. Él sabía que los más ricos llegan todavía más tarde. Los más ricos no llevan Ferraris ni Porches. Llevan coches seguros. Ellos son más inteligentes, más avaros, echan más raíces… y siempre son mayores. Generalmente tardan más en morir y van acompañados de una rubia. Es así.

En fin… y allí estaba él. Al lado de un Mercedes. El más caro, el mejor.

Abrió la puerta, se sentó e instantáneamente una voz femenina le recordó que debería llevar puesto el cinturón de seguridad. No le obligó a hacerlo como hacían otros coches, tan solo dijo “Su cinturón de seguridad está desabrochado” y no insistió.

Conocía el modelo, conocía todos los modelos. La llave no era una llave común, era como un cartucho ergonómico que se adaptaba tan bien a tu mano, que no querrías deshacerte de él  por nada del mundo. Por eso no hacía falta meterla en ninguna cerradura, por eso no necesitaba ser introducida en ninguna parte. Era independiente. Aquella especie de llave era tan interesante como el propio coche. Pensó que ojalá su polla fuera como ese cartucho. Eso le habría librado de más de un problema.

La tapicería era de cuero. Verde vejiga. Él sabía que no venía de serie. Todos estos millonarios tenían algún capricho especial. Tapicerías, alguna luz, pantallas de plasma… Los años de servicio le habían demostrado que, pasado un nivel, todos los ricos exigían exclusividad. Cuando estás en la cima simplemente pides que tus sueños se hagan realidad. Cuando puedes tenerlo todo, solamente importa la velocidad con la que lo obtengas y el que nadie más pueda poseer lo que tú sueñas. Incluso que esos sueños se conviertan en pesadillas para otras personas. Esa es la verdadera esencia del poder.

Arrancó el coche pulsando un botón en aquel cartucho y se adentró en el aparcamiento. Adoraba los cristales tintados, lo primero que hacía al subirse a los coches era reír. Reía como un poseso con esa cara de porcelana. Era espeluznante, pero nadie podía verle.

Estacionó limpiamente separando el caballo del logo de un Ferrari de un imponente jaguar. Miró por la ventana, vislumbró la efigie del felino y le dijo: “Yo te protegeré de esos corceles, minino”. Volvió a reír.

El viejo y la rubia eran los últimos de la fiesta, los más ricos de los ricos. Estaba en el coche perfecto en el momento adecuado.

La guantera estaba cerrada con llave, con una llave de verdad. La cerradura tenía una de esas protecciones metálicas que se deslizan ante el huésped ideal. Pensó que ahora esas cerraduras están en peligro de extinción, como los jaguares y la nieve de los televisores. Pero él sabía exactamente dónde estaba la llave. La llave siempre estaba en el mismo sitio.

Dentro de la guantera había una carpeta con los papeles del coche. Unos documentos que el rico, posiblemente, nunca había mirado ni tocado. Él no había comprado aquella cartera de cuero ni sabía qué diablos hacía falta para conducir un coche. Simplemente, él no se ocupaba de esos asuntos. Esos asuntos eran para los pobres. Ningún rico se ocupa de los asuntos de otro rico. Los ricos solamente se ocupan de sus cosas. Del mismo modo que solamente los pobres entran en los coches de los ricos.

A la vista, junto a la cartera de cuero, había una pistola y una bolsa llena de cocaína. El poder y la gloria. Romper solo en caso de emergencia. El rico sí había tocado esos dos objetos. Sabía muy bien cómo funcionaba la pistola. Había hablado personalmente con un tipo para que le vendiera el arma. Se lo había recomendado un amigo. Por precaución. Por si acaso. Los más ricos son también los más difíciles de matar. Los menos ricos no tienen agallas, llevan fantasmas en los bolsillos y siempre tienen miedo. Por el contrario, los más ricos son capaces de coger una pistola y dejarte como un colador. Aman su vida, no tienen ningún reparo en matar a un pobre. Y, para ellos, los pobres somos todos los demás. Tu vida no vale nada a su lado. Pueden pagar perfectamente las consecuencias.

El aparcacoches cogió la bolsa de la cocaína. Sabía que no pasaba nada por ponerse unas rayas. Aquello no era un gramo, aquello era incalculable. El rico y la rubia llevaban encima coca suficiente para toda la noche. Coca para esnifar, coca para ofrecer, coca para olvidar y la suficiente como para no volver al coche con las manos vacías. Las cosas de la guantera no eran para usar. Eran para aportar tranquilidad.

Esa clase de millonetis siempre tienen un plan B. Hay todo un tramado de redes en torno a la cima. Los nuevos ricos pueden caer, pueden dar con sus huesos en el suelo y verse allí tendidos sin fuerzas para encaramarse de nuevo. Pero los ricos mayores nunca corren peligro. Simplemente no hay tiempo para que la caguen.

Sacó la cartera del bolsillo, extrajo la tarjeta del banco y vertió un poco de polvo sobre ella. Era tan fino y tan suave como el azúcar glasé. Era como coca para niños.

Se hizo una gran raya, se la merecía. Llevaba toda la noche estacionando. Era hora de despegar.

Rodeado de coches caros y apagados, el Mercedes parecía vivo. Los cristales impedían que nada se manifestase en el exterior, pero había una luz tenue que permitía ver cada detalle.

El Mercedes latía.

Se desabrochó la pajarita y se quitó la chaqueta de aparcacoches. Aquel uniforme era inventado. No respondía a nada en concreto. Los aparcacoches van por libre. No están en el interior del hotel como los botones ni los conserjes. Están fuera, al frío. Pueden fumar cuando les da la gana. Nadie puede vigilarlos. Están hechos de otra pasta.

Siguiendo las rayas, el aparcacoches empezó a pensar. Mecánicamente encendió la radio. Había un cd puesto, pero no estaba dentro del coche, los cds estaban en el maletero. Los ricos no llevan cds en la cabina, los ricos no tienen música en formato mp3. Los ricos no saben usar la música.

El cd era de Sir Elton John y George Michael.

Sí… juntos.

Había un botón para cambiar de disco. El aparato era muy intuitivo. Mirándolo, el aparcacoches se preguntó por qué su reproductor era mucho más complicado si existía uno que podía será así de sencillo. Inmediatamente pensó que la respuesta estaba fuera del alcance de su sueldo.

El siguiente cd era de música dance. Era de la rubia. Seguro.

El aparcacoches cambió de nuevo de disco. El aparato tardaba muy poco en hacer la transición y no hacía ruido durante las operaciones.  Con la música a otra parte.

El siguiente era de Villancicos. No era Navidad. Pero los ricos tienen excentricidades. El aparcacoches pensó que para los ricos siempre era Navidad. Aunque también podría ser que el tipo no hubiese cambiado los discos desde esas fechas. Quiero decir, que nadie los hubiese cambiado por él.

Miró el asiento de atrás. No iba a encontrar nada interesante. Los que llevan cosas interesantes tienen chofer. Él no podía acceder a esos coches y esos conductores nunca hablan con nadie. Llevan su propio tabaco y son tipos impenetrables. Nacidos para callar.

Esta vez se equivocaba, en el asiento de atrás sí había algo. Algo muy extraño.

Sobre el cuero verde resplandecía un libro evidentemente antiguo. La tapa también era de cuero, en este caso granate y con reborde de fino hilado dorado.

En la parte de atrás resplandecía especialmente el dorso del libro. Estaba cortado en bisel y con una fina capa dorada que le confería un aspecto distinguido aunque excesivo. Se trataba, sin duda, de un libro imantado. Un libro creado para llamar la atención de las manos de los hombres.

Se quedó mirándolo, sacó un cigarro del bolsillo, meditó sobre la posibilidad de que alguien oliera el tabaco, miró el reloj y luego se lo encendió sin más complicaciones. Tan pronto como lo prendió, el cenicero que estaba debajo del reproductor de cds para ricos se asomó automáticamente y la voz femenina del coche informó: “Cenicero”.

Aquel coche era una madre, una esposa y una puta. Estaba casi seguro de ello.

Con el cigarro en la mano se sintió capaz de coger el libro, era magnético. Clamaba atenciones. La portada tenía un símbolo también dorado. Parecía una estrella de David de trazo muy fino, pero tenía demasiadas líneas en su interior. Aquello era más complejo de lo que parecía.

El tacto del libro era todavía más atractivo que la llave del coche, el libro estaba calentito, la piel de la que estaba hecho le acariciaba las manos. El libro no solo sabía cómo llamar la atención, sino que había aprendido a buscar dueño por sí mismo.

Lo abrió al azar. Parecía falso. Parecía un libro que alguien hubiera hecho hoy en día para recrear esa clase de manuscritos. La página izquierda siempre contenía una ilustración. Se trataba de criaturas demoníacas. Parecía un juego de rol. En torno a las figuras había inscripciones en algún código difícil de reconocer. En la página derecha figuraba lo que parecía ser una explicación de las características del demonio presentado en el dibujo. La estructura de la página y el formato del texto, todo de la misma mano, sugerían que allí figuraban datos muy exactos, incluyendo la alimentación, el hábitat y las peculiaridades de cada ser.

Todo esto resultaría mucho más extraño si no fuera porque el aparcacoches había cotilleado en esta ocasión las características de la fiesta del hotel. Se trataba de un encuentro de millonetis aficionados al esoterismo. Según él, la convención de pirados más pirados entre los pirados. Un festín de locos.

Hasta ese momento no había pensado tanto en los detalles. Hasta ese instante no había meditado en lo peculiar del asunto. Después de tres años trabajando en aquel hotel por las noches, había terminado por ver a todos los ricos como si fueran uno solo. Había terminado por simplificar.

Cambió de disco, no miró lo que ponía. Simplemente quería quitar los villancicos y echarle una ojeada a los dibujos del libro, quizás ponerse otra raya y marcharse a casa de una maldita vez.

La música cambió radicalmente. De repente, el ambiente encajó. La coca, el humo, el libro y aquella luz que lo hacía todo más fácil, revelaron el bienestar perfecto que él estaba buscando.

Buscaba una epifanía momentánea. Una para pasar el rato.

Miró quién era el artífice de aquella música que sonaba. La consideró capaz de engrasar todo aquello y librarle de su ansiedad. Le gustaba.

Schoenberg. Ni idea. Eso ponía el cristal líquido de la radio para ricos.

La música hacía que el aparcacoches sintiera que llovían chispas sobre el capó. Pensó en investigar a Schoenberg al llegar a su casa. Si lo hubiese hecho, descubriría que ya pasaban de las doce y que era 13 de Febrero del 2013. La Wikipedia también le diría que Schoenberg padecía triscaidecafobia. Dícese de la fobia al número 13.

Al aparcacoches le gustaba mirar la Wikipedia en estos casos. Esperaba ansioso las fobias de los músicos clásicos y se congratulaba sorprendido de que, en la mayor parte de las fichas, apareciese un apartado tan satisfactorio para su curiosidad como ese. El de fobias y manías.

Un sonido desvió su pensamiento. Al principio creyó que podría tratarse de la música. Pensó que sería cosa de aquel Schoenberg. Pronto se dio cuenta de que el sonido provenía, muy probablemente, del maletero.

Se inquietó, claro. Dejó el cigarrillo en el cenicero para ricos y el coche-madre-esposa-puta, resolvió cerrando la compuerta y avisando: “cenicero retirado”. Lo hizo como siempre, sin ruidos. De hecho, esa voz tan suave existía únicamente para que los ocupantes siguieran cada movimiento del coche. De otro modo y con tanto silencio, jamás podrían notar ningún cambio.

Salió del coche, hacía un frío de mil demonios y la coca no servía de bufanda.

El sonido era menos audible fuera del coche, pero era perceptible. Se plantó delante del maletero con la llave en la mano. No sabía muy bien qué hacer, por primera vez deseó dejar aquella llave donde estaba. Pero era tarde.

Escuchó algo muy claro, escuchó un llanto. No podía ser otra cosa. Un lamento. Un pico de angustia. Palideció. La carita porcelanosa se humedeció, ahora parecía de cristal. Parecía otra cosa.

Pulsó el otro botón de la llave y el maletero se abrió tan suavemente que nunca creeríais que un maletero pudiera abrirse de ese modo. Se abrió como un bostezo, de forma progresiva y con un temblor insonoro en la última distensión del mecanismo.

Tenue y desde el interior del coche, pudo oír la voz femenina avisando: “maletero abierto”.

El llanto cesó.

Ahora la pelota estaba en su campo. El coche había hecho todo lo que estaba en su mano. Había que continuar abriendo la puerta a pulso. Los ricos también lloran.

No hizo falta que hiciera nada. Por la rendija asomaron unos deditos rojos con unas uñas muy negras. Una mano minúscula que se movía con una pulsión que nunca antes había visto. El movimiento tenía un peso y una calidad irreales. Era como una película de Super-8, como un efecto infográfico.

La mano empujó la puerta hacia arriba, no alcanzó a abrirla por completo, pero sí lo suficiente como para que se intuyeran unas mantas, un maletín azul para los triángulos de emergencia y un pequeño animal, revuelto en todo el desorden.

El animal no estaba inquieto, sino que mantenía la respiración entrecortada y gemía quejumbrosamente cada poco tiempo. Aquello ya no le inspiraba temor sino compasión.

El aparcacoches abrió del todo la puerta del maletero y el animal se descubrió sacando poco a poco la cabeza de entre las mantas.

Tuvo que sujetarse su barbilla de porcelana. Aquello era de color rojo, tenía una piel rocosa como el barro bien cocido, un par de cuernos pequeñitos y, cuando se incorporó,  pudo verle la cola terminada en punta. No había que estar en la lista de la fiesta del hotel para saber qué era aquella cosa.

Era muy pequeño, tenía los ojos enormes y acuosos, con una brillante pupila rasgada en vertical y no dejaba de  mirarle inquieto, despertando su ternura.

Dudó un momento y dio un par de pasos atrás.

El demonio asomó la cabeza, calculó la distancia hasta el suelo y saltó sobre el pavimento del aparcamiento.

Se sostenía sobre las cuatro patas, pero cuando se detenía, elevaba su tronco apoyándose sobre las traseras. Estaba claro que era muy joven. El aparcacoches pensó que se trataba de un bebé.

De todos modos, imaginaréis que la situación continuaba sin ser demasiado tranquilizadora. Su instinto rechazaba aquella manera de moverse, temía cualquier cambio de humor y evitaba todo movimiento que pudiera perturbarle.

Sin dejar de observarle, comenzó a rodear el coche hacia la puerta del conductor.

El bebé demonio se quedó en el sitio. Le miraba con los ojos cada vez más húmedos, pero no se movía. El aparcacoches aprovechó esta circunstancia para entrar y cerrar la puerta con el seguro por dentro.

No pudo escuchar el cierre centralizado porque era insonoro. Apoyó la cabeza contra el reposa-nucas y pensó en la situación. Acababa de dejar suelto un demonio por el aparcamiento.

Se armó de valor y miró por el retrovisor.

Allí estaba, al lado de la puerta. Ofreciendo al espejo la mirada más tierna del mundo. El aparcacoches pensó que, absolutamente todos esa noche: el coche, el libro y el diablo, eran auténticos chantajistas emocionales. Su corazón tenía más pretendientes que mucho tiempo.

Abrió la puerta y vio al demonio tiritando.

¿Qué? Supongo que hace más frío aquí fuera que en el infierno, ¿verdad?

¿Quieres subir?

El bebé demonio le miraba muy atento. Se lamió una mano.

El aparcacoches se sentó con las piernas fuera del coche y estiró los brazos muy despacio. El demonio no hizo absolutamente nada.

Lo cogió por las axilas, se introdujo con él en la cabina y, en cuanto se dio cuenta, tenía a aquel pobre diablo en el regazo como si se tratara de un niño.

El demonio miraba al frente alucinando. A veces giraba el cuello y le miraba a él. Pero ahora el aparcacoches sabía que la criatura era totalmente inofensiva.

Pesas como si fueras el doble de grande…

El diablo tocó la bocina.

Pschhhh! ¡Quieto! No querrás volver al maletero, ¿verdad?

Quería girarse y mirarle la cara. Era evidente.  Le ayudó para observarle también mejor.

Dios… eres espeluznante.

El bebé se rió y dejó entrever una contundente hilera de colmillos blancos en el interior de su boca negra como el capó del Mercedes.

Pasando el dedo por uno de los cuernos, el aparcacoches se dio cuenta de que el diablo irradiaba cada vez más calor. El cambio de temperatura había sido tal, que ahora empezaba a desprender vaho.

El coche habló: “Cristales desempañándose”.

El bebé rió al escuchar la voz femenina.

Te gusta la voz… ¿eh? Pues es por ti, parece que contigo no hace falta calefacción.

El diablo miró a los lados y trató de alcanzar la llave del coche.

No… eso no…

Insistía.

No… ¿qué quieres? Eso es la llave del coche. ¿Qué buscas?

El pequeño demonio cogió la mano del aparcacoches y le propinó un mordisco.

¡Ah! Joder… ¡Eso ha dolido! ¿Pero qué te pasa? Creí que éramos amigos…

El bebé, asustado, le dedicó una mirada de gárgola dulce y comenzó a gemir y a tocarse la panza.

¿Hambre? ¿Tienes hambre? Joder, amigo… ¡pues vaya maneras!

¿Y qué se supone que comes tú?

El aparcacoches rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó la mitad de un paquete de caramelos Halls. La criatura cesó el llanto y le miró intrigada.

Despacio, retiró el papel de un caramelo y  se lo presentó acercándoselo a la boca. El diablo apartó la cara en muestra de desacuerdo con el alimento.

¿No?

Miró el paquete: “Aliento fresco”.

Lo giró: “Máximo frescor”

Ya… supongo que no. Veamos…

Estiró los brazos hasta el asiento trasero, cogió el libro y lo abrió por el lugar que indicaba el marcapáginas.

Allí estaba. No había duda. Los mismos cuernos, el mismo color y las mismas características. La única diferencia era que el dibujo presentaba a un diablo de gran tamaño y la mirada ya no era tan enternecedora. Giró el libro para enseñárselo al demonio.

¿Te recuerda a alguien?

El diablo hizo lo que cualquier niño haría, miró el dibujo y luego volvió a intentar coger la llave del coche, mucho más entretenida que todo aquel asunto de mayores.

Vale… te da igual. Intento saber lo que comes…amiguito. No eres muy claro, la verdad.

La página explicativa tenía un apartado en el que aparecían dibujos posiblemente relacionados con la alimentación del demonio en cuestión. Comparó los signos con los de otras hojas y comprobó que allí figuraban toda clase de “alimentos”: Bellotas, raíces, ratones y… ups! muchas veces una efigie muy explícita relativa a un pequeño bebé humano. Le tranquilizó ver que la página sobre su nuevo amigo no tenía ningún símbolo parecido. La parte mala era que en ese apartado solamente figuraba un símbolo indescifrable.

Volvió a girar el libro.

¿Tú sabes qué es este símbolo? No… lo suponía.

Volvió a poner el libro bajo su campo visual.

¿Por qué no puedes ser más sencillo?

Sacó un cigarro del bolsillo y luego un mechero. Al ver la llama, el diablo se sintió especialmente atraído por el objeto.

¿Por qué no puedes tener una alimentación más fácil como éste de aquí? ¿Ves? Ratones. Pues ratones… o éste otro, mira… ¿Lo ves? Esmeraldas… pues esmeraldas.

Parece que eres un bicho complicado.

La criatura mataba por el mechero.

¿Qué? ¿Qué quieres?

Ah… (rió) el fuego… claro.

Pulsó el botón del mechero y el diablo volvió a revolverse. Cada vez que se movía, el aparcacoches sentía como si alguien le pisara las piernas.

Vale… vale…  pesas un montón.

Volvió al libro.

Veamos… esto de aquí parece un mapa. Son como círculos concéntricos… parece el infierno. Se supone que tú eres de aquí. Del círculo más profundo. ¿ves?  Supongo que debes de ser bastante especial para que ese rico haya ido a buscarte allí donde sea.

Podría haberse quedado allí, la verdad. Es a donde todos ellos pertenecen.

Continuó.

Y… esto de aquí, parece una descripción sobre ese sitio. Algo que no vamos a poder entender. Yo creo que este apartado debe de ser lo que comes. Pero no me ayudas mucho, la verdad… Fíjate, aquí aparece una llamita dibujada. Ese debe de ser el apartado de las cosas que te gustan. La llama parece que te agrada, sí…. Pero este otro símbolo, el de la comida… esto no sé lo que es.

El diablo aprovechó el descuido para roer una punta del libro.

¿Pero qué haces, hombre? ¡El libro no!

A ver… mira. Juega con el mechero ¿ves?

Al prenderse la llama, el bebé demonio se quedó un momento como hipnotizado por ella. Luego se acercó sinuosamente  y, en un movimiento rápido,  la inhaló. Se la tragó como si fuera un helado. Cerró la boca y luego soltó un pequeño eructo que dejó un escapar un fino hilo de humo por los agujeros de su nariz.

¡Vaya! Así que te gusta comer fuego…  Entonces este sí debe de ser el apartado sobre tu alimentación. En ese caso, no tengo ni idea de lo que significará el símbolo… pero tampoco importa demasiado, ¿no?

La criatura permanecía mirando el mechero.

¿Quieres más?

El aparcacoches prendió la llama de nuevo y se la acercó a la boca.

De nuevo la misma operación. Le alimentó tres veces y se detuvo porque notó que el diablo estaba cada vez más caliente.

Oye… me estás abrasando. Te voy a poner…

El aparcacoches lo levantó dificultosamente.

…en el asiento del copiloto.

El diablo miró al frente y de pronto cambió. Cambió por completo. Quiero decir que ya no era un bebé diablo. Se convirtió en una mujer. La mujer giró la cabeza y miró al aparcacoches.

Er… ¿Silvia?

La criatura cambió de nuevo. Era como un parpadeo rápido. Como una luz estroboscópica interrumpida. De pronto, ya no era una mujer joven y atractiva, sino una señora mucho más adulta con una bata rosa de andar por casa.

¿Mamá?

La señora cambió otra vez, se transformó en un hombre mayor, luego en un niño con una gorra azul, después en el propio aparcacoches y, finalmente, en un perro. La imagen era inexacta. Vibraba como un holograma. No se asentaba, no terminaba de ocupar el espacio.

Er… ¿Toby?

El perro ladró y volvió a transformarse en el diablo.

La voz femenina avisaba de nuevo.

“Desempañando cristal delantero”

El aparcacoches se quedó absorto.

¿Puedes?… puedes hacer eso… pero… ¿Tú como sabes que…? quiero decir…esa era mi ex -mujer, mi madre… El señor era mi padre, el de la gorra era yo de pequeño… ¡Hasta estaba Toby!

Esto es demasiado.

El bebé demonio volvió a tocarse la panza.

¿Quieres más fuego? No, gracias. Ahora lo necesito yo.

Se encendió otro cigarro y el diablo se transformó de nuevo en la chica.

Ella también llevaba un cigarro en la mano.

¿No me vas a dar fuego, maleducado? Rió dulcemente.

¿Silvia? No… un momento. ¡Esto no tiene gracia!

¿Gracia? Solamente quiero encenderme un cigarro… no seas tonto.

Silvia le besó en la boca y él le acercó el mechero.

Se apartó y le prendió el cigarro. Estaba vendido. Ella miró el pitillo como hipnotizada y se lo llevó a la boca. Al fumar, soltó un pequeño eructo y el mismo humo de antes por la nariz.

¡Tú no eres Silvia! ¡No tiene gracia!

El diablo volvió a ser diablo. Parecía satisfecho con su juego infantil. Era como cualquier bebé. Le brillaba un colmillo de sangre o de leche.

No quiero que lo hagas más… ¿Entendido?

El bebé no le quitaba ojo al mechero.

¡Nada de eso, pequeño cabrón! ¡No me gusta lo que este fuego provoca en ti!

El aparcacoches volvió al libro. Miraba el símbolo insistentemente y lo comparaba con el de otras páginas. Mientras tanto, el diablito abría la guantera.

¡Deja eso!

La criatura señaló la cartera y, por primera vez, habló.

¿Papá?

Esa palabra siempre lo cambia todo. Esas dos sílabas casi idénticas tienen el poder de transmutar cualquier ambiente. El aparcacoches pensó por primera vez en la posibilidad de que aquel rico y la rubia no compraran un diablo en el mercado negro, sino que aquel pequeño bebé rojo fuera hijo suyo.

¿Cómo?… ¿Cómo que papá?

El aparcacoches apartó la pistola y cogió la cartera de cuero. Mientras la abría vio como el bebé devolvía la atención al mechero.

Hablaba y rebuscaba entre los papeles del seguro.

No… nada de fuego. Vamos a ver…

La encontró. Justo lo que buscaba. Una foto carnet del millonario. El tipo tenía tanto betún en el pelo y una piel tan pálida que no sabía cómo podía reflejarse en los espejos. Se la mostró al bebé.

Y éste… ¿Te recuerda a alguien?

El diablo no dudó ni un instante.

Papá.

Y rió.

Joder… maldita sea.

El análisis de la situación no era muy favorecedor. Parecía que había cometido un error de lo más tonto. De repente ya no estaba en el coche con el capricho de un milloneti. Lo más probable es que tuviera secuestrado al hijo del diablo. Lo más probable era que el milloneti del betún en el pelo fuera el mismísimo Satanás. La verdad es que eso explicaría un montón de cosas. Miró la foto con un respeto diferente.

¿Satanás? ¿Y te deja en el maletero? ¿A su propio hijo? Joder… supongo que no debería extrañarme. Al fin y al cabo se trata del diablo.

Miró el libro.

¿Y entonces ésto qué cojones es? ¿A ésto se refería el símbolo? ¿Eres hijo directo del diablo? No sé… ¿Heredero?  Y el libro… ¿El libro qué? ¿Un manual de prenatal? No me lo puedo creer…  Mira… lo siento mucho, peque, pero tienes que volver al malet…

Levantó la cabeza y vio al bebé jugando con la pistola. No le dio tiempo a nada. El bebé se la acercó el arma a la boca como si fuera un mechero.

Al aparcacoches le salió una voz fina y afeminada. Las palabras se escapaban de su boca como aspiradas hacia dentro:

¡Eso no es un meche..!

El diablillo sonrió henchido de satisfacción y pulsó el gatillo.

No hubo sangre. Fue como dispararle a una piedra.

El cuerpo se quedó íntegro, como una gárgola descabezada sentada en el asiento del copiloto.

El coche avisó: “Precaución: Airbag”.

El aparcacoches notó la bolsa de aire contra su pecho y escuchó el primer sonido realmente estridente de aquel coche: la alarma.

En aquel momento pensó que tenía un problema de mil demonios.

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  1. Hola, me ha gustado mucho el relato. Pero ademàs tengo una duda, esa imagen que aparece con nombre necronomicon, ese simbolo… como se llama?
    Sabes donde puedo encontrar mas informacion sobre ese simbolo?

    Muchos saludos y muchas gracias por compartir.

  2. Hola me ha gustado mucho el relato, gracias por compartirlo.
    Ademas tengo una duda, esa imagen que tiene pornombrenecronomicon, ese simbolo… como se llama? Sabes donde puedo encontrar mas informacion sobre èl?

    Muchas gracias y saludos!!

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